thumb|250px|El aquelarre, de Francisco de Goya (1798).
La brujería es el conjunto de creencias, conocimientos prácticos y actividades atribuidos a ciertas personas llamadas brujas o brujos, supuestamente dotadas de ciertas habilidades mágicas.Cfr. Lewis, John: Antropología simplificada. Selector, 1985. ISBN 978-968-403-041-1; pág. 81: «Brujería es la asociación de sí mismo con poderes sobrenaturales para fines destructivos y antisociales. También se llama magia negra». Véase también Delgado Ruiz, Manuel: La magia: la realidad encantada, 1992, pág. 67: «La magia negra o maléfica, habitualmente agrupada en sus expresiones bajo el difuso epígrafe de “brujería”».
La creencia en la brujería es común en numerosas culturas desde la más remota antigüedad, y las interpretaciones del fenómeno varían significativamente de una cultura a otra. Algunas teoríasHan alcanzado gran popularidad las teorías de Margaret Murray, expuestas en tres libros ―The Witch Cult in Western Europe (1921), The God of the Witches (1933), The Divine King in England (1954)―, según las cuales las brujas eran realmente miembros de un culto precristiano, de orígenes prehistóricos. Sin embargo, existen fuertes argumentos contra estas teorías: entre ellos, el hecho de que no hay prueba alguna de que las brujas llegaran realmente a realizar reuniones nocturnas, como se les atribuye generalmente. relacionan la brujería europea con antiguas religiones paganas de la fertilidad, aunque ninguna de ellas ha podido ser demostrada. Las brujas tienen una gran importancia en el folclore de muchas culturas, y forman parte de la cultura popular.
Si bien este es el concepto más frecuente del término bruja, desde el el término ha sido reivindicado por sectas ocultistas y religiones neopaganas, como la wicca, para designar a todas aquellas personas que practican cierto tipo de magia, sea esta maléfica (magia negra) o benéfica (magia blanca), o bien a los adeptos de una determinada religión. La brujería es considerada una forma de espiritismo.
No siempre fue cosa de mujeres. A pesar del estereotipo machista, muchos hombres practicaban la hechicería, nigromancia o alquimia, siendo llamados magos o brujos.
Para el cristianismo, la brujería se ha relacionado frecuentemente con la creencia de un espíritu malévolo, especialmente durante la Edad Moderna, cuando se desató en Europa una obsesión por la brujería que desembocó en numerosos procesos y ejecuciones de brujas (lo que se denomina «caza de brujas»).
Un uso más extenso del término se emplea para designar, en determinadas sociedades, a los magos o chamanes.
Terminología: brujería, hechicería, magia Aunque en castellano o idioma español se utiliza en ocasiones la palabra «brujo», en masculino, como sinónimo de mago, con independencia del tipo de magia que practique, el uso más frecuente del término en la actualidad y casi siempre en femenino hace referencia a las personas que practican la magia negra, pero no siempre fue así. Esto se debe a que históricamente tanto en Europa como en África y Oriente, las artes adivinatorias, la magia y la hechicería fueron siempre practicadas por varones, excepto en la época en que la «brujería demoníaca» fue perseguida en Europa durante la Edad Media, momento en el cual las brujas fueron consideradas en su mayoría del sexo femenino. Es con el cristianismo, que la manipulación de las fuerzas ocultas, tradicionalmente en manos masculinas ―las únicas con el poder suficiente como para realizar hechizos benéficos―, pasan a ser consagradas a las manos femeninas, las únicas capaces de realizar maleficios malignos para los padres de la «Iglesia».
Según Guy Bechtel, en todos los tiempos ha habido varones y mujeres que decían tener poderes y practicar la magia. Desde sacerdotes hasta emperadores se arrogaban el título de mago. Había funcionarios estatales que trabajaban de adivinos o augures y se dedicaban a augurar quien sería el vencedor en la batalla. Eran los magos. La brujería, en cambio, ejercida por gente de menor nivel cultural y económico, era vista como un subproducto de la magia. La gente recurría a los brujos y brujas para ahuyentar la mala suerte o mejorar las cosechas. En los principios se trataba de una brujería benéfica. Las brujas o brujos practicaban la llamada magia blanca. Esto se veía en Occidente tanto como en Oriente: en la Antigua Roma, en la Antigua Atenas, en el Antiguo Egipto e incluso en África existían talismanes contra el mal de ojo, amuletos, hierbas mágicas y pociones. Recién con el cristianismo aparece el concepto de brujería como herejía religiosa ligado principalmente a las mujeres, y el mago (magus) va dejando lugar al brujo (maleficus), con lo que el combate contra la magia se convierte en sinónimo de lucha contra el paganismo.
Mientras que la magia fue una ceremonia practicada en la corte real por los llamados nigromantes que utilizaban el conjuro para el control de los demonios, los poderosos magos eran del sexo masculino. Pero cuando los teólogos escolásticos condenaron estas prácticas al sostener que si los demonios proporcionaban servicios al mago era porque esperaban algo a cambio, fue cuando el mago-señor se transformó en bruja- servil, el sexo del malhechor cambió y los brujos se convirtieron en su gran mayoría en mujeres.
La bruja
La palabra española bruja es de etimología dudosa, posiblemente prerromana, del mismo origen que el portugués y gallego bruxa y el catalán bruixa. La primera aparición documentada de la palabra, en su forma bruxa, data de finales del . En 1396 se encuentra la palabra broxa, en aragonés, en las Ordinaciones y paramientos de Barbastro. Carmelo Lisón Tolosana considera que el origen de la palabra puede encontrarse en el área pirenaica. En Gascuña y Béarn era también corriente el uso de una palabra etimológicamente relacionada, brouche. Debe tenerse en cuenta que en esta época el Languedoc y la Corona de Aragón eran áreas culturalmente muy relacionadas.
En el País Vasco y en Navarra se utilizó también el término sorgin (/sorguín/ en su pronunciación en español), ocupaban un papel análogo al de otras chamanas indígenas de distintas latitudes. Ellas eran las que conocían los secretos de la procreación y el nacimiento y, por tanto, hacían las labores de parteras y matronas. Igualmente conocían los secretos de las plantas y sus usos medicinales, por lo que también desempeñaban el papel de curanderas. También debido a su conexión con el mundo espiritual hacían las veces de consejeras, oráculos y sacerdotisas. En Galicia, la voz meiga.
En latín, las brujas eran denominadas maleficae (plurar de malefica), término que se utilizó para designarlas en Europa durante toda la Edad Media y gran parte de la Edad Moderna. Términos aproximadamente equivalentes en otras lenguas, aunque con diferentes connotaciones, son el inglés witch, el italiano strega, el alemán Hexe y el francés sorcière.
Diferencias entre brujería y hechicería El antropólogo español Julio Caro Baroja propone diferenciar entre «brujas» y «hechiceras». Las primeras habrían desarrollado su actividad en un ámbito predominantemente rural y habrían sido las principales víctimas de las cazas de brujas entre los años 1450 y 1750. En cambio, las hechiceras, conocidas desde la antigüedad clásica, son personajes fundamentalmente urbanos: un ejemplo característico en la literatura española es la protagonista de La Celestina de Fernando de Rojas. La distinción entre bruja y hechicera es además frecuente en la literatura española del Siglo de Oro: en El coloquio de los perros, Cervantes relata que el perro Berganza contó a su amigo Cipión, que cierta bruja le dijo:El coloquio de los perros
Carmelo Lisón Tolosana diferencia asimismo entre hechicera y bruja, pero según este antropólogo español, aquella se basa en la distinta relación que mantienen una y otra con el poder oculto y maligno, con el poder demoníaco. La hechicera es tan antigua que «en realidad en toda cultura pueden encontrarse prácticas de magia hechiceril o maléfica, realizadas con intención de causar daño a otros, por medio de técnicas apropiadas e invocación de poderes misteriosos o demoníacos». Así la hechicera invoca y se sirve del poder demoníaco para realizar sus conjuros, mientras que la bruja hace un pacto con Satán, renuncia a su fe y rinde culto al diablo. «La fuente del poder oculto no es ahora la fuerza de la palabra ni la invocación al diablo ni la ceremonia mágica, sino que aquélla proviene de la adoración personal y voluntaria al demonio por parte de la bruja hereje y apóstata; su poder es vicario pero diabólico, adquirido a través de pacto explícito, personal y directo con el mismísimo Satán en conciliábulo nocturno y destructor que anuncia el aquelarre». El paso de la hechicera a esta «bruja satánica», «bruja aquelárrica», como las llama también Carmelo Lisón, se produjo en Europa a lo largo de los dos siglos finales de la Edad Media.
La idea de que la distinción principal entre brujería y hechicería es que en esta última no existe un pacto con el diablo es compartida por otros autores. Así, mientras que la brujería utiliza hierbas, ungüentos y alucinógenos para producir sugestión en sus víctimas, la hechicería usa materiales empíricos.
Así se puede decir también que tenemos dos tipos de brujería: la antigua, que todavía subsiste y es la de los filtros amorosos y la adivinación (o hechicería), y la demoníaca, vinculada a los aquelarres y el diablo (o brujería). En la mayoría de los idiomas se utilizan términos diferentes para cada una menos en el francés, idioma en el cual solo existe sorcellerie para ambas. En inglés existe sorcery y witchcraft, en portugués feitiçaria y bruxaria, en italiano fattucchieria y stregoneria, en alemán se dice Kunst o Zauberei y Hexerei, mientras que en castellano se dice «hechicería» a la primera y «brujería» a la segunda.
Historia de la brujería en Occidente La Antigüedad clásica thumb|Circe ofreciendo un brebaje a Ulises, por J. W. Waterhouse.
En las antiguas Grecia y Roma, estaba extendida la creencia en la magia. Existía, sin embargo, una clara distinción entre distintos tipos de magia según su intención. La magia benéfica a menudo se realizaba públicamente, era considerada necesaria e incluso existían funcionarios estatales, como los augures romanos, encargados de esta actividad. En cambio, la magia realizada con fines maléficos era perseguida.<ref group="lower-alpha">La prohibición de la magia antisocial se encuentra ya en la Tábula VIII de la Ley de las XII Tablas. En la época de Sila se promulgó la Lex Cornelia de Sicariis et Veneficiis, que insiste en esta prohibición. Es interesante el hecho de que el delito de brujería (maleficium) se relaciona con el de envenenamiento (veneficium), sin duda porque en ambos se manipulaban drogas nocivas.</ref> Se atribuía generalmente la magia maléfica a hechiceras (en latín maléficae), de las que hay numerosas menciones en numerosos autores clásicos.
Según los textos clásicos, se creía de estas hechiceras que tenían la capacidad de transformarse en animales, que podían volar de noche y que practicaban la magia tanto en provecho propio como por encargo de terceras personas. Se dedicaban preferentemente a la magia erótica, aunque también eran capaces de provocar daños tales como enfermedades o tempestades. Se reunían de noche, y consideraban como sus protectoras e invocaban en sus conjuros a diosas como Hécate, Selene, Diana entre otras deidades.