Plutarco (en griego antiguo: Πλούταρχος, Plútarjos, en latín: Plutarchus), también conocido como Plutarco de Queronea o, tras serle concedida la ciudadanía romana, como Lucio Mestrio Plutarco (Lucius Mestrius Plutarchus, en griego: Λούκιος Μέστριος Πλούταρχος)El prænomen Lucio y el nomen Mestrio los tomó de su amigo Lucio Mestrio Floro, cónsul en tiempos de Vespasiano, que hizo mucho para el acceso de Plutarco al estatus de ciudadano. () (Queronea, c. 46 o 50-Delfos, c. 120), fue un historiador, biógrafo y filósofo moralista griego.

Plutarco nació en Queronea (Beocia), durante el gobierno del emperador romano Claudio. Realizó muchos viajes por el mundo mediterráneo, incluyendo uno a Egipto y varios a Roma. Gracias a la capacidad económica de sus padres, Plutarco estudió filosofía, retórica y matemáticas en la Academia de Atenas sobre el año 67. Uno de sus maestros, citado a menudo en sus obras, fue Amonio.

Algunos de sus amigos fueron muy influyentes, como Quinto Sosio Seneción y Minicio Fundano, ambos importantes senadores y a los cuales dedicó algunos de sus últimos escritos. La mayor parte de su vida la pasó en Queronea, donde fue iniciado en los misterios del dios griego Apolo. Sin embargo, sus obligaciones como el mayor de los dos sacerdotes de Apolo en el Oráculo de Delfos (donde era el responsable de interpretar los augurios de la o las pitonisas del oráculo) ocupaban aparentemente una parte pequeña de su tiempo. Llevó una vida social y cívica muy activa, además de producir una gran cantidad de escritos, parte de los cuales aún existen.

Más moralista que filósofo e historiador, fue uno de los últimos grandes representantes del helenismo durante la segunda sofística, cuando ya tocaba a su fin, y uno de los grandes de la literatura helénica de todos los tiempos.

Biografía Infancia y juventud Plutarco nació un poco antes del año 50 en Queronea, una ciudad beocia de ilustre pasado para la historia de Grecia, pero que en esa época era solo una pequeña población. Pertenecía a una familia acomodada de la zona y conocemos el nombre de su bisabuelo, Nicarco, porque lo cita en una de sus obras lamentando los males que para la zona trajo la guerra en la época de la batalla de Accio (Antonio, 58). También aparecen como personajes de sus diálogos su abuelo, Lamprias, que presenta como un hombre culto en las Charlas de sobremesa y que debía seguir vivo avanzada su juventud, su padre Autobulo, aficionado a la caza y los caballos, además de dos hermanos: Timón y Lamprias, este último sacerdote en Lebadea. Lamprias era además aristotélico, mientras que Plutarco era platónico. Durante sus estudios en Atenas, dirigidos por Amonio, que profesaba en la Academia, este lo encaminó a las matemáticas, aunque él prefería la ética; el título de una obra perdida de Plutarco así lo parece indicar: Amonio, o de la no convivencia voluntaria con el mal.Carles Riba, prólogo a Plutarco, «Alejandro y César» (Vidas paralelas), Barcelona: Salvat Editores S. A., 1982, p. 10. Concluidos sus estudios, volvió a Queronea, pero la ciudad requirió sus servicios para tratar asuntos administrativos con el procónsul romano en Corinto.Carles Riba, op. cit., p. 12.

Sobre el año 67 inició un viaje de estudios que lo llevó a Alejandría y a Asia Menor, donde probablemente visitó Esmirna, que en aquel entonces era un importante centro filosófico del movimiento conocido como segunda sofística.

Probablemente participó en los Misterios eleusinos.

Magistrado y embajador Además de sus deberes como sacerdote del templo de Delfos, Plutarco fue también magistrado en Queronea y representó a su pueblo en varias misiones a países extranjeros durante sus primeros años en la vida pública. Su amigo Lucio Mestrio Floro (de quien tomó su nombre romano: Lucio Mestrio Plutarco), cónsul romano, patrocinó a Plutarco para conseguir la ciudadanía romana y, de acuerdo con el historiador del Jorge Sincelo, el emperador Trajano lo nombró, ya en la vejez del escritor, procurador de la provincia de Acaya. Este cargo le permitió portar las vestiduras y ornamentos propios de un cónsul.

Viajó por lo menos tres veces a Roma (se sabe al menos que una fue poco antes de la muerte de Vespasiano en 79 d. C.; una segunda vez hacia el año 88 y otra durante el reinado de Domiciano, antes del año 94). Allí hizo amistades en las altas esferas sociopolíticas, como el senador Cayo Julio Antíoco Epífanes Filopapo (nieto del último rey de Comagene), el ya mencionado senador Lucio Mestrio Floro y Quinto Sosio Seneción, este último amigo también de Plinio el Joven y dos veces cónsul bajo el imperio de Trajano. Sosio Seneción fue además huésped de Plutarco en Grecia y a él dedicó el escritor muchas de sus obras: el opúsculo Sobre los progresos de la virtud, una parte de las Vidas paralelas y los nueve libros de las Symposiaka o Charlas de sobremesa, estas últimas puestas por escrito por petición del propio Sosio Seneción.Carles Riba, op. cit., p. 11. Pese a estos contactos políticos en el Imperio Romano, Plutarco decidió siempre vivir en la pequeña población de Queronea al igual que todos sus antepasados. Tal vez por eso ningún escritor griego contemporáneo lo menciona. Viajó, eso sí, ocasionalmente por Grecia: el abundante material autobiográfico contenido en las Symposiaka nos indica que estuvo otra vez en Atenas, donde lo adoptaron por ciudadano honorario; en Patras, donde era recibido a su vez por Socio Seneción; en Eleusis, en Corinto, en los baños de Edepso de Eubea, hospedado por el sofista Calístrato, y en los de las Termópilas, donde se relacionó con el académico Favorino de Arlés; la noticia de la muerte de una hija suya lo alcanzó en Tanagra, desde donde escribió una Consolación a su mujer. En su ciudad natal fue telearco y arconte epónimo, tal vez beotarca.Carles Riba, op. cit., p. 12. Pero sobre todo estuvo en Delfos como sacerdote de Apolo más o menos desde el año 95 d. C. A su oráculo dedicó obras como De la sílaba «e» en el templo de Delfos, De los oráculos en verso y De la cesación de los oráculos. Como el griego le bastaba en Roma, donde la clase alta era bilingüe, no sintió la necesidad de aprender bien latín sino ya bastante viejo, cuando necesitó documentarse para sus obras históricas, «tarde ya y muy adelantado en edad», según escribió. Y no lo aprendió bien: cita pocas obras latinas, y con frecuencia no las entiende bien; entre los poetas, solo cita, y poco, a Horacio, y parece haber ignorado por completo a Virgilio y a Ovidio.

Su esposa se llamaba Timóxena (Escrito de Consolación a su esposa, 608c), y al parecer era una mujer de costumbres impecables, respetuosa, como su esposo, con la tradición y con la religión de sus mayores. Con Timóxena tuvo Plutarco un matrimonio aparentemente feliz que dio lugar a cinco hijos: cuatro varones (Querón, Soclaro, Plutarco y Autobulo) y una niña. De los cinco, tres murieron de forma temprana. La muerte de la niña, que se llamó Timóxena igual que la madre, es la razón por la que Plutarco escribió el Escrito de Consolación a su esposa. Querón murió en la niñez, y Soclaro (Aud. poet. 1) no debió pasar de la juventud. Los otros dos, Plutarco y Autobulo, parece que llegaron a una edad madura, a juzgar por el contenido de un tratado que su padre les dedicó: Sobre la procreación del alma en el Timeo.

Su sobrino Sexto llegaría a ser preceptor del emperador Marco Aurelio.Carles Riba, op. cit., p. 13. La enciclopedia Suda dice que el predecesor del emperador Adriano, Trajano, hizo a Plutarco procurador de Iliria, aunque muchos historiadores consideran esto como poco probable, ya que Iliria no era una provincia procuratorial, y Plutarco seguramente tampoco hablaba el idioma. Según la Crónica de Eusebio de Cesarea, refundida por San Jerónimo, vivía aún en el 120 d. C; Artemidoro, en su Onirocrítica, de cuarenta años después, escribe que poco antes de fallecer soñó que subía al cielo conducido por Hermes.Carles Riba, op. cit., p. 14.

Escribió mucho. En el denominado «catálogo de Lamprias» (al parecer preparado por uno de sus hijos) se relacionan 227 títulos, de los cuales nos habrían llegado aproximadamente la mitad, divididos en dos grupos: uno misceláneo de contenido predominantemente moral, los Moralia, y otro biográfico, las Vidas paralelas.

Vidas paralelas

miniatura|Edición de las Vidas paralelas de Plutarco de Ulrich Han, 1470.

Su trabajo más conocido son las Vidas paralelas, una serie de biografías de griegos y romanos famosos, elaborada en forma de parejas con el fin de comparar sus virtudes y defectos morales comunes. Probablemente su modelo fue el De viris illustribus del romano Cornelio Nepote. Las Vidas supervivientes contienen veintitrés pares de biografías, donde cada par comprende una vida griega y una vida romana, así como cuatro vidas desparejadas. Como él mismo explica en el primer párrafo de su Vida de Alejandro, Plutarco no pretendía tanto escribir historias como explorar la influencia del carácter (fuera bueno o malo) sobre las vidas y los destinos de los hombres famosos.

No escribimos historias, sino vidas; no es en las acciones más ruidosas donde se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces una situación pasajera, un dicho o una niñería sirven más para declarar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, de la manera como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquella expresión de ojos en que más se manifiestan la índole y el carácter cuidándose poco de todo lo demás, así debe a nosotros concedérsenos que atendamos más a los indicios del ánimo y que por ello dibujemos la vida de cada uno dejando a otros los hechos de gran apariencia y los combates... («Vida de Alejandro», I).

Así pues, sus Vidas se desarrollan narrativamente con el propósito de explicar el ethos, el carácter humano. El héroe de Plutarco es de carne y hueso y sostiene en sí mismo el combate entre la virtud y la fortuna, o, como señala Leopold von Ranke, «el conflicto entre lo general y lo personal».Citado por Carles Riba, op. cit., p. 19. Sin duda fue esto lo que atrajo a una obra como esta a genios como Montaigne, Shakespeare, Quevedo, Rousseau o Beethoven. Pero algunas de las más interesantes vidas, como, por ejemplo, la que habla sobre Heracles y Filipo II de Macedonia, ya no existen, y de muchas de las restantes no se dispone de la totalidad del texto, de forma que existen importantes lagunas, deturpaciones e interpolaciones de escritores posteriores.

Indudablemente, Plutarco es un gran narrador; domina el sentido del misterio y de lo dramático, y su gran virtud es hacernos copartícipes de su apasionada e inagotable curiosidad, viva gracias a que sin dejar de ser un erudito reduce al mínimo toda pedantería. Carles Riba escribe así que:

Ningún lector de las Vidas paralelas olvidará jamás la fuga y asesinato de Pompeyo, los pasos de César desde la última noche hasta su muerte a los pies de la estatua del magno rival, la despedida de Casio y Bruto, la vela de este antes de Filipos, el espectáculo de Antonio, vencido y herido, izado a la torre inaccesible de Cleopatra, que le aguarda para morir, el encuentro de Coriolano y su madre, la captura y muerte de Filopemen, el suicidio de Catón en un amanecer lleno de pájaros, la angustiosa huida de Cicerón, el suplicio de Agis, su abuela y su madre, y la escena, que se empareja con esta, del suicidio colectivo de Cleómenes y sus compañeros, seguido de los horrores de la venganza egipcia en sus deudos inocentes, pero también espartanamente heroicos... Alejandro domando a Bucéfalo, Arístides inscribiendo su propio nombre en la concha del rústico que quiere condenarlo, Sertorio dando una lección de concordia con el experimento de las dos colas de caballo, Agesilao montado en un bastón para divertir a sus niños, César con sus amigos en la miserable aldea alpina, donde también afirma su ambición...Carles Riba, op. cit., pp. 21-22.