El progreso improductivo es un libro de economía política, moral, administración y antropología cultural escrito por el ensayista mexicano Gabriel Zaid en 1979. Probablemente el libro más importante del autor, ha tenido un gran impacto en la opinión pública de México, pero muchas de sus propuestas no se han llevado a cabo.
A lo largo de este ensayo se critican las consecuencias problemáticas que trae consigo la modernización ciega (o los intentos de modernizar). Por un lado, la falta de tiempo libre en las urbes industrializadas, sobrando recursos materiales; por el otro, la falta de recursos materiales para trabajar y subsistir en el campo, sobrando tiempo.
El libro señala que el sector moderno ha ofrecido a la población pobre servicios que no son apropiados para sus necesidades ni van de acuerdo con su demanda. Esta ceguera se debe a una interpretación errada de las ideas de igualdad y progreso, en la que se pretende que todo el mundo quiere o necesita lujos como especialistas, automóviles, títulos universitarios y criadas de servicio doméstico, porque se considera erradamente que no son privilegios.
Estructura
El ensayo se divide en tres partes, cada una con diez capítulos, aproximadamente. La primera sección es en gran parte filosófica, la segunda se enfoca en la economía y la tercera en la política.
Límites al consumo de atención personal
Zaid señala tres límites al crecimiento de la población: el físico, el económico y la atención personal. Compara los costos necesarios para mantener un campesino y los de mantener un universitario, enfatizando que los segundos son mucho mayores. El universitario demanda atención personal especializada y costosa, mientras que el campesino se las puede arreglar consumiendo atención de otros campesinos. El problema surge cuando se le quiere dar al pobre lo que demanda el universitario. Esta situación beneficia a los proveedores de servicios pero muy poco a los supuestos beneficiarios.
Según el autor, la productividad del saber costoso es difícil de medir. No es que sea nula, sino que tiene un campo de aplicación limitado, no generalizable. El consumo de atención personal, es decir, de tiempo ajeno, normalmente no se toma en cuenta.
Después de examinar lo anterior, siguen capítulos de una prosa más poética, que aluden a las esperanzas e insatisfacciones subyacentes en las sociedades modernas. Zaid escribe sobre la distancia que existe entre la conciencia moral exigente y las capacidades prácticas reales.
No sólo hay ese abismo entre los deseos y la practicidad, además el tiempo para disfrutar los resultados materiales de la productividad moderna se va reduciendo hasta llegar a la situación en la que se tienen muchas cosas pero no se puede disfrutarlas por falta de tiempo.
Esta cultura del progreso se va extendiendo por todo el mundo, acabando con otras formas de vida. Aunque se aprecian las otras culturas como algo valioso, o eso se dice, no existen modelos de vida pobre que no desprecien la vida campesina, que aprovechen las ventajas económicas del campo, como el tiempo libre, el espacio libre y el aire limpio, para hacer felices a las personas en esa situación.
Después cuestiona la convención progresista de privilegiar a todos: cosa por definición imposible, ya que no se puede sacar a todos del montón. Dice:
Finalmente desarrolla la apuesta de Pascal, invirtiéndola. Examina brevemente la cosmovisión que parte del hombre (cultura moderna) en vez de partir de Dios (cultura tradicional). También señala algunas implicaciones de la idea de que Dios no existe y de que no haya vida después de la muerte.
¿Qué falta en el mercado interno?
Critica lo que llama “una especie de keynesianismo vulgar” que ve el problema de los mercados pobres en la demanda y no en la oferta. Introduce entonces su argumento de que hay que cambiar la oferta, para que sea más pertinente. En el capítulo “Empleos ¿para hacer qué?” cuestiona las “visiones empleocéntricas" (derivadas de las teorías de John Maynard Keynes) en las que se considera el trabajo como algo valioso en sí mismo. Zaid nos recuerda: Explica el misterio de los mercados potenciales, que son generalmente impredecibles, para reforzar la propuesta de buscar una mejor oferta hacia el sector pobre de la población. Pone doce ejemplos de pertinencia, en los que muestra que la oferta crea su propia demanda.
Posteriormente expone algunas paradojas de la productividad:
La productividad reduce el empleo disponible, lo cual afecta a la distribución equitativa de la riqueza. Siguiendo su crítica del empleocentrismo, señala que al darle empleo de burócrata en la ciudad a un campesino no es muy productivo y cuesta mucho dinero, entonces pregunta: “¿no sería mejor pagarle para que se quedara a perder el tiempo en el campo?” Cuando aumenta la productividad, las personas citadinas preferimos generar más dinero que tener más tiempo libre. El gobierno busca al mismo tiempo aumentar la productividad y el empleo, cosa contradictoria. Las medidas para favorecer a los consumidores pobres, bajando precios, afectan negativamente a los pequeños empresarios y positivamente a las grandes empresas. En sentido contrario, si se busca ayudar a los pequeños empresarios, se perjudica al consumidor, favoreciendo de nuevo a las grandes empresas. La excepción a este problema está en los servicios de atención personal, que no tienen economías de escala. Subir precios de los productos agrícolas perjudica a los campesinos que producen muy poco, lo cual consumen ellos mismos, cuando hay. Se pretende que los campesinos se vuelvan agricultores comerciales modernos o evitar la prosperidad de quienes ya lo son. El autor propone apoyar la agricultura doméstica y la producción campesina de cosas que aprovechan la mano de obra, como las maquilas y la ropa. Los costos de la administración pública se registran como aumento del producto nacional bruto.
Finalmente, Gabriel Zaid propone tomar en cuenta la satisfacción como parte de la medición económica, invertir tiempo en la organización propia a pequeña escala e intercambiar medios de producción por las cosas producidas con los mismos, aprovechando el capital humano, social y físico de los productores rústicos.
“Deseconomías de las pirámides” dice que las llamadas "deseconomías de escala" son la misma cosa que la ley de rendimientos decrecientes, pero se les llama diferente por la moda de los teóricos. Argumenta que el especialismo es costoso y muchas veces innecesario. Viable aunque ineficiente, funciona en las situaciones de muchas operaciones iguales mas no en la economía doméstica.
Zaid defiende la economía de subsistencia, explicando que la división del trabajo no siempre es más eficiente, abogando por la descentralización.
Luego señala que el intercambio entre el mercado moderno y el pobre no es igualitario. Pone como ejemplo a los artesanos, que venden productos que cuestan mucho tiempo a un bajo precio, a diferencia del sector moderno, que puede hacer cosas similares en muy poco tiempo y que acaba desplazando a las artesanías. Su propuesta para un mercado igualitario es favorecer los satisfactores básicos, los que se puedan producir en casa, los baratos respecto a la satisfacción, los medios de producción autosuficiente y la oferta pertinente, por ejemplo, dinero en efectivo repartido.
Al final de la segunda sección, después de distinguir entre “la lógica del empleo en lo que sea” y la del consumo básico, defiende el uso de tecnología existente que sea adecuada a las necesidades de los campesinos. En lugar de mandar alimentos al campo, hay que proveerlo de máquinas sencillas. Pone como ejemplo de error la sustitución de leche materna por leche en polvo. Pone como ejemplo de acierto el molino de nixtamal, que no es tan ineficiente como el metate, pero permite producir alimento con el maíz propio.
Repartir en efectivo
La tercera sección comienza argumentando que los impuestos aumentan la desigualdad. El problema es que el Estado ofrece bienes y servicios en especie, por lo tanto, hay mucha ineficiencia y corrupción. El Estado crece pero no ayuda a los pobres, porque los intereses que lo dominan vienen de otros sectores. Las cosas que ofrece el gobierno benefician, antes que nada, a los empleados de clase media. A los pobres les convendría más recibir en efectivo lo que se gasta supuestamente por su bien. Pero el Estado no hace esto porque no le conviene; su sentido y razón de ser están en que sigan existiendo desigualdades y problemas.
Sin embargo, repartir en efectivo tendría efectos inflacionarios si todavía faltara la oferta pertinente para las necesidades de los pobres. Según Zaid, hay dos tipos de inflación:
Entonces viene la propuesta de crear un impuesto adicional para la redistribución del ingreso en efectivo y una oferta pertinente para pobres. Zaid hace ver que las dos cosas van de la mano, ya que dinero sin oferta causaría inflación. Explica que la desigualdad política no se puede eliminar, pero la económica se puede al menos reducir. La repartición se puede hacer con un costo administrativo muy bajo.
Se argumenta que incrementar los impuestos aumenta la desigualdad. Esto no se ve desde las esferas privilegiadas (o no se quiere ver). La recaudación fiscal beneficia principalmente a las grandes pirámides del sector público y del privado. Quizás en tono de sátira, se propone luego un impuesto a la mordida, para legitimarla. El capítulo se llama “Otra modesta proposición”, referencia al ensayo de Jonathan Swift.
Después se expone la idea de crear una ciencia de la mordida: la ”dexiología”. Zaid se pregunta por qué los universitarios no plasman ciertas realidades incómodas en sus trabajos académicos. Explica la dualidad entre lo oficial y lo particular, qué es la corrupción, cuándo existe la mordida y cuándo no se le llama así.
De aquí se desprende que no es tanto un asunto de idiosincrasia, como de las estructuras basadas en la compraventa de obediencia. Zaid ve en la mordida una posible modernización del patrimonialismo analizado por Max Weber, paralela a la burocracia. Hace un esbozo de cómo se podría cuantificar: por vía del personal o del mercado.
Posteriormente cuestiona las ideas políticas convencionales, contraponiendo el público y las burocracias. Enseña que en general las grandes empresas surgieron del Estado, contra la iniciativa privada (los civiles).
Lo que el ensayista llama “las fuerzas progresistas” ejercen el poder político y económico, excluyendo a los pequeños productores tradicionales. Gabriel Zaid ejemplifica con casos mexicanos la competencia entre estos grandes aparatos burocráticos.
Aventura unas “hipótesis para sociólogos” sobre los flujos de poder y dinero en el México pos-revolucionario hacia lo que llama la nueva burguesía y la nueva clase, destacando después los posteriores a 1968, hacia los estudiantes.
Para explicar la política mexicana, señala que el Estado mexicano ha funcionado como un gran negocio; la primera empresa moderna mexicana, regida por el comercio de la lealtad, en el cual las personas han vendido su obediencia a los líderes en lugar de comprometerse con el pueblo mexicano. Los sindicatos no son simples subordinados del gobierno, son proveedores de buenas voluntades al mayoreo. Lo que Zaid llama “la alianza tripartita” se compone de las grandes empresas, el gobierno y los sindicatos. Son las grandes pirámides, prácticamente los únicos interlocutores importantes del consenso nacional.