thumb|Dechado de Salem, Massachusetts, 1791. right|thumb|Dechado obra de Catharine Ann Speel en seda sobre lino, 1805, Filadelfia, Estados Unidos. Un dechado o muestrario es un paño con distintas muestras de costura, bordados o deshilados. El término también se refiere a un ejemplo y modelo de virtudes y perfecciones y, en algunas ocasiones, de vicios y maldades. A menudo incluye el alfabeto, figuras, motivos, guardas decorativas y a veces el nombre de la persona que lo bordó y la fecha.

Historia Los dechados fueron realizados en contextos con características diversas. La revisión de su historia y su evidencia material apunta a que su configuración más tradicional resultó de una práctica antigua en Europa occidental.

Los dechados más antiguos que han llegado hasta la actualidad son de los siglos y . Estos se han considerado como patrones, sin embargo también existieron patrones impresos que se comercializaron desde el .

Los dechados ingleses del se elaboraban en una banda de tela de unos 15 a 20 cm de ancho. La tela era generalmente de lino bordado. Estos eran denominados dechados en banda y se los valoraba mucho, a menudo son mencionados en testamentos y transferidos de generación en generación. Estos dechados eran trabajados utilizando una gran variedad de puntos de bordado, tipos de hilo y ornamentos. Muchos de los cuales eran extremadamente elaborados, incorporando tonos de colores sutiles, seda e hilos con hebras metálicas, y utilizando puntos yugoslavo, florentino, cruz, cruz de brazos largos, cruz italiano bifaz, arroz, Holbein, ojo argelino y de ojal. Los dechados también incorporaban pequeños diseños de flores y animales, y diseños geométricos bordados utilizando hasta 20 colores distintos de hilo. left|thumb|250px|Dechado de alfabeto en punto cruz obra de Elizabeth Laidman, 1760. El primer libro de patrones de bordado se imprimió en 1523, pero no eran fáciles de obtener y un dechado podría ser la forma más fácil de material de referencia con que contaban las mujeres.

Uno de los dechados más antiguos se encuentra expuesto en el Victoria and Albert Museum en Londres, el mismo fue bordado por Jane Bostocke quien incluyó en el mismo su nombre y el año 1598 en la inscripción. Posteriormente el dechado evolucionó incluyendo inscripciones con citas religiosas o morales, a la vez que todo el dechado se ordenó de manera metódica. Para el , los dechados contrastaban de manera evidente con los producidos en los siglos anteriores. Estos nuevos dechados se bordaban más como una demostración de habilidad y conocimiento que para almacenar información sobre un determinado tipo de bordado. El bordado de dechados era considerado una muestra de virtud, logro e industriosidad, y a las niñas se les enseñaba este arte desde muy jóvenes.

En el , en el contexto de la Ilustración, se consideraba a las «labores mujeriles» como parte de las prácticas características de las mujeres; estas agrupaban el arreglo de prendas y la confección de fajas, calzones, pañuelos y sábanas, además de la elaboración de los dechados; así como el adorno de textiles con bordado, deshilado o encajes. Al considerarse un punto básico de la educación femenina, se propició la elaboración de dechados desde la niñez. Del mismo modo, se proponían como una buena alternativa a los paseos, fiestas o visitas.

Desde aquella época contrastaban dos aspectos de la elaboración de dechados. Por un lado, se revisaba el sentido mecánico que suponía resumir el aprendizaje de ciertos ejercicios de repetición; por el otro, se enfatizaba su «primor o inventiva» que hacían estimables sus resultados. Teniendo como ejemplos a personajes como la propia reina Isabel I de Castilla (Isabel La Católica 1451-1504), se argumentó que estas labores eran propias de las mujeres sin importar su procedencia u ocupación pues resultaban beneficiosos para la ejecutante por ser un buen empleo de su tiempo. Igualmente era apreciado que la señora del hogar incentivara a sus empleadas e hijas a practicar estas tareas supervisándolas y corrigiéndolas de ser necesario. Finalmente, se pensaba que la sociedad en general apreciarían estas prácticas por convertir a su ejecutante en buen ejemplo para su género y en este contexto se inscribió la práctica de dechados.

Dechados en México En el virreinato de la Nueva España se propició el aprendizaje y la práctica de las llamadas labores de manos o «labores mujeriles», continuando así con una tradición que se concretó por lo menos durante la Edad Media tardía. Este tipo de trabajos correspondieron a prácticas manuales como las realizadas a partir del empleo de hilos y agujas, tareas señaladas por algunos libros y revistas de la época como decentes, honestas o delicadas, perfectas para el ejercicio femenino. Dentro de este panorama es que se emplaza la creación de dechados, piezas cuyo origen, en el caso de México, puede rastrearse hasta el periodo virreinal, a pesar de la imposibilidad de señalar una fecha exacta.

Entre las menciones que pormenorizan los antecedentes del tema, destaca el caso de la crónica Historia de los indios de la Nueva España (1541), escrita por el fraile franciscano Toribio de Benavente «Motolinía». En ella se menciona que Isabel de Portugal, entonces reina consorte del rey Carlos I de España, dictó que un grupo de «mujeres devotas españolas» se establecieran en el virreinato para instruir a las niñas indias. El objetivo era que las aleccionaran para que pudieran «ser casadas», destacando el coser, labrar y bordar como prácticas paralelas al aprendizaje de la doctrina cristiana.

Hacia mediados del la palabra «dechado» comienza a figurar como un término de mención constante. Generalmente su función fue metafórica y sirvió para señalar a personajes dignos de reconocerse como ejemplo de virtudes y modelos de perfección, destacando el caso de la Virgen María y de Cristo. Un precedente de la revisión del vocablo es el Tesoro de la lengua castellana o española (1611) por Sebastián Covarrubias, el primer diccionario en su tipo; en dicha publicación, el vocablo es definido como un ejemplo y se le relaciona directamente con las labores textiles, refiriendo su variante metafórica a las personas cuya virtud las hace dignas de imitación.

Desde la segunda mitad del , en la Nueva España también existieron imágenes en las que figuran escenas de mujeres dedicadas a las labores en hilo y aguja, entre ellas los dechados. Destacan el caso de imágenes de emblemas morales y de las relacionadas con la vida de la Virgen.

Los dechados mexicanos más antiguos que se conocen datan de 1784, sin embargo, se puede pensar que el origen de su práctica es anterior. Estas piezas son similares a sus contemporáneas españolas en cuanto a composición y formato, distinguiéndose por las formas y motivos que recogen: mientras que las piezas españolas de este periodo se caracterizan por la presencia de diseños geométricos de repetición por franjas o tareas, las piezas mexicanas añaden motivos vegetales, animales y personajes trazados a partir del delineado de sus formas. En cuanto a los materiales, es común la presencia de soportes de lino e hilos de seda, asimismo —aunque en menor medida— se conocen ejemplos trabajados con hilos metálicos y de algodón.

La gran mayoría de los dechados que sobreviven dentro de las colecciones de museos corresponden al . Durante esta época y como resultado de las disposiciones que se establecieron en la materia, los dechados se consolidaron como un elemento tradicional, común entre los lugares de enseñanza e instrucción de mujeres. Es así que en el se crearon dechados que resultaron de ejercicios de repetición con afán de aprendizaje y perfeccionamiento; se realizaron en colegios, escuelas, así como en algunos conventos, por lo menos hasta la época de la exclaustración, además de al interior del hogar o en casas de instrucción.

El también trajo consigo la declaración de libre comercio que —a diferencia de la época virreinal cuando el ingreso de mercancías era limitado y vigilado— posibilitó la importación de nuevas tendencias, materiales, diseños y técnicas; destacando el papel de los patrones que solían publicarse en ediciones periódicas, impresos publicitarios o dentro de libros relacionados con el tema. Las posibilidades eran varias y las imágenes muestra presentaban diversas variaciones en cuanto a su complejidad, calidad de impresión y detalle. Incluso podían ser o no acompañadas por un diseño reticular que facilitaba el trabajo.

Nuevos motivos aparecieron en los dechados y pasaron a formar parte de sus repertorios más tradicionales. En este sentido destacan los motivos nacionalistas. También se incorporaron imágenes de inspiración francesa e inglesa; se popularizaron los muestrarios con números, abecedarios y frases sentimentales. Además, dentro de esta centuria, fue sintomática la introducción de nuevos materiales que se sumaron a los preciados y escasos ejemplos en lino o seda que sobrevivieron de la época anterior. A partir de 1860 despuntó el trabajo con chaquira como resultado de su producción a nivel industrial.

El ámbito escolar que enmarcó la creación de dechados derivó en la presencia constante del nombre de la autora o alumna, del de su maestra, la fecha de terminación y el lugar de ejecución. A este periodo corresponden varias piezas que enfatizan su función como muestra para el uso de sus dueñas. Probablemente durante esta época fue cuando más popularidad cobró tal ejercicio, resultado de ello sobreviven numerosos ejemplos en colecciones particulares; algunos dechados se enmarcaron y pasaron a enriquecer los muros de las casas de sus dueños o de los seres queridos de sus autoras; otros más fueron regalados a visitas, amistades o familiares queridos y en ocasiones lejanos. Así mismo, también se sabe que otros más de esta época fueron dados a personas que los llevaron consigo a otros países, derivando en la conformación de colecciones destacadas alrededor del mundo.

El trabajo plasmado en los dechados señala a los patrones impresos como parte de sus principales fuentes formales. Durante el y la primera mitad del , la llegada a México de revistas, libros e ilustraciones de origen extranjero, pusieron a disposición del «bello sexo» recursos especialmente enfocados en sus prácticas principales, destacando el caso de las labores en hilo y aguja.

Dentro de este panorama destacó la publicación periódica titulada «Calendario de las señoritas mexicanas», así como «La Camelia», «Semanario de Literatura, Variedades, Teatro, Modas», etc. Desde España llegaron títulos como «La dama elegante» con nuevos diseños de costura y las últimas tendencias de la moda parisina. Sus contenidos abarcaban poesía, cuentos y novelas; textos de divulgación científica y artículos sencillos sobre nociones generales de lavado de ropa, moda y bordado, acompañados en todo caso por ilustraciones y patrones de tejido, bordado o deshilado; además se imprimieron patrones en folletines, impresos sueltos como tarjetas, cartones perforados para transferir los dibujos, e incluso modelos estampados alrededor de los carretes de hilos. Todo lo anterior repercutió en el intercambio de motivos, diseños e imaginarios a nivel internacional.

Dechados Indígenas en México