La vuelta al nido es una película dramática argentina de 1938, dirigida y escrita por Leopoldo Torres Ríos y protagonizada por José Gola y Amelia Bence. Fue la primera «obra mayor» de Torres Ríos y la primera producción de los Estudios E. F. A., fundada por los productores Adolfo Z. Wilson y Julio Joly en sociedad con el exhibidor Clemente Lococo. Sin embargo, la película estuvo nueve meses archivada debido al rechazo de exhibidores y críticos que la consideraban «poco comercial», y E.F.A. llegó a estrenar Adiós Buenos Aires —también de Torres Ríos y filmada con posterioridad— antes que La vuelta al nido. A diferencia de los modelos más taquilleros que imperaban en los primeros años de la Época de Oro del cine argentino, La vuelta al nido se distinguió por su estilo poético e intimista, centrándose en la psicología de los personajes por encima de la acción o los diálogos.
Tras varios meses de dificultades y debates sobre su valor comercial, la película se estrenó finalmente el 4 de mayo de 1938 en el cine Monumental de Buenos Aires. Fue un rotundo fracaso comercial y de crítica por su ritmo lento, con la notable excepción del crítico Calki, de El Mundo, cuyo respaldo resultó fundamental para que la película llegara a estrenarse y quien dedicó varias de sus columnas a exaltar el film como la inauguración de un nuevo estilo dentro del cine argentino. Torres Ríos fue acusado de «ensuciar el celuloide» y vivió el fracaso con gran desánimo; el golpe afectó su reputación durante un par de años, y las películas que realizó en el período siguiente fueron de un estilo marcadamente comercial.
La película comenzó a ser reivindicada en los años 1950 y 1960, impulsada por los jóvenes críticos integrantes del Cine Club Núcleo y la revista Tiempo de Cine, quienes la reconocieron como un anticipo del cine de la llamada «Generación del 60». En la actualidad, es reconocida como un clásico del cine argentino, la obra maestra de Torres Ríos y una película adelantada a su tiempo, con un estilo experimental que anticipa al cine de autor y el cine moderno. Ha sido considerada una de las mejores películas argentinas de todos los tiempos en varias ocasiones.
Argumento
El porteño de clase media Enrique Núñez pasea con sus pequeños hijos en el parque y el Jardín Zoológico, donde observan los animales enjaulados. De vuelta en casa, baña a su hijo mientras su esposa acuesta a la niña. Enrique es atento y cariñoso como padre, pero trata a su mujer con dureza: la reprende por dejar las puertas abiertas, por no tener las cosas en su lugar, por olvidar la olla al fuego y por una supuesta falta de disciplina con los niños. Su mujer, en cambio, se muestra paciente y afectuosa, y los hijos, educados, rezan en voz alta antes de dormir. El matrimonio sostiene también una pequeña discusión en la que Enrique celebra que su hijo juegue al fútbol y desestima las observaciones de su mujer sobre el descuido escolar, argumentando que las lecturas debilitan los músculos.
Luego de cenar, con los niños ya acostados, Enrique se sienta a escuchar música y leer el diario. Su mujer se peina, se arregla y se acerca a él en busca de atención: se sienta en su regazo, comparte la lectura, lo acaricia y le besa el cuello. Enrique, al principio indiferente, termina por sonreír y devolverle el beso. Ella le dice que cuando eran novios no leía tanto, a lo que él contesta que en ese entonces los diarios no eran tan interesantes, antes de interrumpir abruptamente la conversación al creer oír toser a los niños. Al volver a su asiento, Enrique observa la foto de casados y recuerda con melancolía la fecha de su boda y los momentos felices de la pareja. Su mujer cose en silencio mientras él la observa con inquietud. Una imagen lo muestra arrodillado con pena ante la cama, apoyando la cabeza sobre el colchón, que ella acaricia.
thumb|José Gola y Amelia Bence en uno de los flashbacks del film.
Tras unas imágenes del monumento Canto al Trabajo de Rogelio Yrurtia, con figuras encadenadas que arrastran una piedra, se ve a Enrique en su empleo como contador. Trabaja callado y abstraído mientras sus compañeros, más indisciplinados, conversan y discuten sobre la quiniela. Su jefe le señala que ha estado cometiendo errores y lo amenaza con medidas más severas si continúa. Enrique mantiene una relación cordial con su compañera de oficina Luisita, dulce y atenta, y acepta comprarle unos zapatos a su mujer durante el receso, ya que comparte el número de calzado con ella.
El jefe lo llama para entregarle una carta que ha llegado a su nombre, pese a que los empleados tienen prohibido recibir correspondencia en esa dirección. Se trata de un anónimo en el que le informan que su mujer le es infiel y que todas las tardes, cuando lleva a los niños al parque, se encuentra con un amante. Enrique cae en un estado de profunda angustia que se prolonga en su casa mientras observa a su mujer. En el diario lee la noticia de un hombre que asesina a su esposa enloquecido por los celos. Se acerca a ella, la abraza y la besa, pero no logra disimular su horror.
En una boîte, bebe en silencio mientras la gente baila. Allí se reencuentra con un viejo amigo, Juan, con quien se pone al día. Juan le pregunta si se ha casado, y Enrique le devuelve la pregunta preguntándole si sigue siendo soltero. El amigo admite que la mayoría de sus conquistas son mujeres casadas y que teme que, si se casa, le toque en suerte una mujer como esas; aunque reconoce que a veces añora la contención de la vida familiar de Enrique. La angustia de este se intensifica mientras el local entona un tango sobre el desamor y el desengaño. En medio de su desamparo, una mujer se acerca e intenta llamar su atención con una sonrisa. Mientras tanto, su esposa duerme sola en casa, junto al espacio vacío en la cama.
En el trabajo, Enrique está serio y ausente. El jefe vuelve a recriminarle su falta de atención y los nuevos errores. Enrique, ya al límite, le dice que está empeñado en molestarlo y que no piensa tolerar su prepotencia, amenazándolo con romperle la nariz. Aunque Luisita se acerca para felicitarlo, él sale de la oficina en silencio. Los compañeros, que tampoco aprecian al jefe, discuten jocosamente si este decidirá despedirlo, y recuerdan que Enrique tiene dos hijos y lleva diez años en ese trabajo poco estimulante.
Enrique se dirige al parque y espía desde detrás de un árbol a su mujer paseando con los niños. En una ensoñación, imagina los titulares del diario anunciando que la ha asesinado en un paseo público; se ve a sí mismo encarcelado y visitado por Luisita, quien cuida a sus hijos y le cuenta cómo están: el menor se ha interesado por el estudio y quiere ser médico. Enrique lamenta que, cuando salga de prisión, su hijo ya será un hombre y que nunca podrá recuperar el vínculo con él. La ensoñación concluye con él ya envejecido y con barba, recién liberado, regresando a su casa para encontrarse con un hijo adulto que lo mira con rechazo, para después deambular solo por la calle.
De vuelta en la realidad, Enrique sigue detrás del árbol con un revólver en la mano. Observa entonces que su mujer no se encuentra con ningún hombre y se marcha del parque con los niños. Esa noche, tras acostar a los niños, ella se acerca a él y, conmovida por su angustia, le confiesa haber sido la autora del anónimo: lo escribió para llamar su atención, agobiada por la indiferencia con que él enfrenta las presiones de la vida cotidiana. Enrique sonríe, la angustia se disipa y la abraza y besa apasionadamente.
Reparto
Temas y estilo thumb|300px|José Gola y Amelia Bence en una escena del film.
La vuelta al nido es considerada una rareza entre las producciones de la Época de Oro del cine argentino por su estilo intimista y su experimentación con el lenguaje cinematográfico, donde la puesta en escena está al servicio de las emociones de los personajes y no del argumento escrito. Varios autores han señalado que la película contiene elementos que anticipan la modernidad cinematográfica por décadas. A nivel formal, La vuelta al nido ha sido descrita como una obra que refleja la transición del cine mudo al sonoro. El film muestra influencias del cine alemán mudo, particularmente del llamado «cine de cámara» o Kammerspielfilm, y de realizadores del período silente como King Vidor, con referencias a la película Y el mundo marcha (1928). A contramano de los imperativos comerciales y narrativos de todo el cine argentino de la época, el film se caracteriza por su falta de «acción» exterior y su ritmo lento, reflejando el mundo interior y la psicología de sus personajes. El propio Torres Ríos escribió que intentaba: «enfocar una situación y estudiarla hacia adentro, aprovechando todo lo que el decálogo del buen argumentista rechaza. Esto es: ausencia de acción y perder el tiempo en cosas superfluas». El resultado es una película de estilo naturalista y diálogo escaso, que se apoyaba en gran medida en las actuaciones contenidas de José Gola y Amelia Bence, la atención minuciosa a detalles cotidianos aparentemente insignificantes pero con peso simbólico y emocional, y el uso de escenas y tomas largas, así como de flashbacks y flash-forwards imaginados. Según el académico puertorriqueño Paul A. Schroeder Rodríguez, Torres Ríos recurre al «uso del estilo libre indirecto para representar la deformada perspectiva de su protagonista».
Desde el punto de vista formal, el historiador estadounidense Timothy Barnard destacó que la película se distinguía del estilo de los melodramas, musicales y comedias dominantes en la época; un crítico contemporáneo la describió como portadora de «un tufo a poesía». El film se caracteriza por un uso peculiar de las tomas exteriores, que suelen abrirse en las copas de los árboles o el cielo y descienden lentamente hasta la acción a nivel de calle, y por el abandono del plano contraplano en favor de tomas largas que capturan toda la acción o los movimientos de cámara entre dos personajes en diálogo. Las secuencias de naturaleza muerta —como las vistas de la estatua en el parque— interrumpen la línea narrativa, y la ensoñación del protagonista fue descrita por Barnard como una «secuencia expresionista». Por su parte, el académico canadiense Peter H. Rist destacó el «estilo poético-realista y de tomas largas» de los exteriores, y señaló que Torres Ríos y su hermano Carlos Torres Ríos se distinguieron en el rodaje en locaciones, posiblemente influenciados por la predilección de su mentor José A. Ferreyra por filmar en las calles.
La película ha sido descrita como perteneciente a los géneros de drama psicológico, drama familiar y melodrama. Su trama está «centrada en la vida hogareña y en el deterioro que la rutina diaria puede producir en el amor». Varios autores la han identificado como un retrato de la clase media de Buenos Aires en aquella época. El investigador estadounidense John King la describió como «casi única porque, a diferencia de otras cintas del período, no dirigió su mirada hacia las calles de Buenos Aires y las zonas rurales, sino que decidió explorar, lenta y minuciosamente, con una gran complejidad técnica, la desintegración de las relaciones familiares». El pequeño conflicto dramático no aparece sino hasta la segunda mitad de la película; antes de eso, Torres Ríos se dedica a explorar el universo familiar centrado en el hogar.