thumb|300px|El General Roca ante el Congreso Nacional (c. 1886-1887), por Juan Manuel Blanes. La Generación del 80 es un término utilizado para referirse a un grupo de escritores e intelectuales de Argentina que se destacaron en las últimas décadas del y las primeras del , y por extensión a la élite gobernante de la República Argentina durante el período de la República Conservadora que se extendió entre 1880 y 1916.

Integrada por un pequeño grupo de familias de clase alta, mayormente propietarias de extensos latifundios conocidos como «estancias», se nucleó políticamente primero en la Liga de Gobernadores de 1870 y luego en el Partido Autonomista Nacional (PAN). El general Julio Argentino Roca, dos veces presidente de la Nación (1880-1886 y 1898-1904), es considerado el máximo referente político de la Generación del 80 y del modelo de país que estableció, con centro en Buenos Aires, basado en la producción de cereales y carnes en la región pampeana para su exportación a Inglaterra. Con un pensamiento predominantemente conservador, liberal y laico, esta generación controló las más importantes posiciones políticas, económicas, militares y culturales, manteniéndose en el poder político por más de cuatro décadas, mediante el fraude electoral.

Algunos de los principales referentes literarios de esta generación son Estanislao Zeballos, Joaquín V. González, Luis María Drago, Eduardo Wilde, Lucio V. Mansilla, Miguel Cané y Paul Groussac,https://enciclopediadehistoria.com/generacion-del-80/ mientras que los referentes políticos fueron los presidentes Nicolás Avellaneda, Julio Argentino Roca, Miguel Juárez Celman, Carlos Pellegrini, Luis Sáenz Peña, José Evaristo Uriburu, Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta, Roque Sáenz Peña y Victorino de la Plaza. En los medios de comunicación la Generación del 80 encontró expresión en periódicos como el diario La Prensa, dirigido por José C. Paz.

Enfrentó una oposición creciente, conformada por Leandro N. Alem, Bartolomé Mitre, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen, Francisco A. Barroetaveña e Hipólito Yrigoyen, que se expresó incluso en levantamientos armados como las revoluciones de 1890, 1893 y 1905. Los movimientos opositores se nuclearon en lo político en torno a la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista, en las corrientes sindicales anarquistas, socialistas y sindicalistas revolucionarias, en el movimiento feminista, en la rebelión agraria de 1912 y en el movimiento estudiantil que tuvo su culminación en la Reforma Universitaria de 1918. También encontró oposición de parte de la Iglesia católica, con referentes como José Manuel Estrada y Emilio Lamarca, que a pesar de que compartían algunas posturas conservadoras, diferían en la idea de que el país fuese un Estado Laico.

La Generación del 80 fue hegemónica hasta 1916, año en el que se dio inicio al período de las primeras presidencias radicales, cuando el gobierno nacional comenzó a ser elegido por medio del sufragio secreto y obligatorio para varones, como consecuencia de la Ley Sáenz Peña aprobada cuatro años antes, y con la llegada de la Unión Cívica Radical al poder de la mano de Hipólito Yrigoyen.

El concepto de Generación del 80

El término "Generación del 80" apareció por primera vez a lo largo de la década de 1920, y se refería a una generación de literarios. En su Historia de la Literatura Argentina, Ricardo Rojas le dio ese nombre de forma marginal, ya que el grupo que más tarde llevaría el nombre de Generación del 80 es llamado "Los modernos". El primer autor que agrupó a los autores del período con ese nombre fue Arturo Giménez Pastor, con un trabajo titulado Los del 80; si bien utiliza ese nombre especialmente para escritores, también menciona intelectuales y científicos. Simultáneamente, el historiador Rómulo Carbia, en su Historia crítica de la historiografía argentina, agrupaba a los historiadores del período como "Los ensayistas". Por último, en dos artículos aparecidos en el diario La Nación a fines de los años 30, Manuel Mujica Lainez menciona a la "Generación del 80" circunscripto al mundo literario.

La particularidad de que la mayoría de los escritores del período fueron también políticos de mucha figuración permitió extender el término a los políticos, pero ese proceso no se dio con claridad hasta mediados de los años 1950, cuando Carlos Ibarguren se refirió al conjunto de los intelectuales y políticos del período con ese nombre. El término fue utilizado también por un historiador de izquierda como Jorge Abelardo Ramos en Revolución y contrarrevolución en la Argentina (1957), y por Enrique Barba en un artículo de 1959, en que declaraba que esta generación era descendiente directa de la Generación del 37 por sus ideales y filosofía. La delimitación más exacta del término "Generación del 80", como un conjunto de dirigentes intelectualizados, herederos conscientes de la del 37, oligárquicos y ligados a la producción ganadera, llegó de la mano de David Viñas, en Literatura argentina y realidad política: Apogeo de la oligarquía (1964). Ya en El desarrollo de las ideas en la Argentina del siglo XX, José Luis Romero hablaba de la Generación del 80 como un concepto enteramente conocido por el lector.

Desde 1970 en adelante, el término se usaría en el sentido que le dio Viñas, con matices más o menos favorables o desfavorables según el punto de vista del autor. Pero a partir de este período aparecieron ciertas ambigüedades en cuanto a los límites que permiten definir quién perteneció a esa generación y quién no. Identificada la Generación del 80 con el amplio período transcurrido entre 1880 y 1916, se ha tendido a dejar de lado las particularidades de los dirigentes e intelectuales más jóvenes aparecidos en los primeros años del , que mostraron una orientación claramente diferenciada de la anterior, por lo que no cabría incluirlos en la del 80; por ejemplo, los intelectuales y científicos no tuvieron, casi sin excepción, aspiraciones políticas.

Ideología

La Generación del 80 se ubica cronológicamente luego de las llamadas "presidencias históricas" (Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento y Nicolás Avellaneda), pero teniendo en cuenta que este último fue fundador del Partido Autonomista Nacional (PAN) e inició el período de 42 años consecutivos, durante los cuales gobernó el PAN en un virtual régimen de partido único, garantizado por un sistema electoral fraudulento basado en el voto cantado.

Los políticos de la Generación del 80 defendían posturas positivistas, simbolizando su actuación con el lema de Auguste Comte, de Orden y progreso. Los dirigentes de esta generación creían ciegamente en el progreso, identificando tal concepto con el crecimiento económico y modernización; el orden era considerado una condición necesaria de tal progreso, ya que fijaba las condiciones de tranquilidad en las cuales debía encontrarse el pueblo para permitir la proyección del progreso. Con similar contenido, las dos presidencias de Julio Argentino Roca se fundaron en el lema "Paz y administración", que sintetiza el pensamiento liberal y conservador.

A lo largo de casi toda su existencia, los hombres de la Generación del 80 creyeron en un destino de progreso indefinido para su país y para la humanidad. Se esperaba ver un crecimiento del país en todos los aspectos, tanto económicos, como sociales, culturales y materiales. En cierto sentido, no creyeron necesario hacer mucho más que crear las condiciones para ese crecimiento, ya que daban por sentado que el progreso respondía más bien a la naturaleza de las cosas. El único período que cuestionó esa esperanza fue la crisis económica de 1890, pero el optimismo general retornó al poco tiempo.

Ideológicamente, esta generación se consideraba tributaria de la Generación del 37, a la cual habían pertenecido sus padres o abuelos —aunque muchos dirigentes eran descendientes de personajes destacados de la época de Juan Manuel de Rosas— y sostenían como dogmas los principios enumerados por muchos de los miembros de esa generación; en particular, el de gobernar es poblar de Juan Bautista Alberdi, del cual heredaron parte de sus prejuicios culturales y raciales, el rechazo de las tradiciones retrógradas que nos subordinan al antiguo régimen de Esteban Echeverría y el enfrentamiento entre civilización y barbarie de Domingo Faustino Sarmiento.

Las ideas positivistas de esta generación estaban notablemente influidas por el pensamiento de Herbert Spencer, que adaptó los principios evolucionistas de Charles Darwin a las sociedades modernas. Así, de acuerdo al modelo sarmientino, gauchos e indios eran bárbaros, personas incultas incapaces de apreciar las ventajas de una vida social fundada sobre los principios liberales que garantizaban el camino hacia el progreso. Sostenían por ello la necesidad de eliminar la barbarie mediante el orden y afianzar la civilización, trayendo población europea para entrar en las vías del progreso. No encontraban contradicciones morales en la eliminación cultural y hasta física de la población nativa, ya que el destino de las razas y culturas europeas —consideradas más "aptas" para vivir en el mundo moderno— era prevalecer sobre ellas, y tarde o temprano desplazarían a las "menos aptas".

Enfrentaron las posiciones tradicionales de la Iglesia católica y bajo su impulso se trató de definir la separación entre la Iglesia y el Estado con la sanción de las leyes de Matrimonio Civil, Registro Civil y Educación Común, la última de las cuales estableció la enseñanza primaria pública, obligatoria, gratuita y laica. Según la mirada de Juan José Sebreli, nunca se intentó seriamente separar completamente la Iglesia del Estado, sino solamente de minimizar la influencia institucional de la misma.

Estas últimas medidas llevaron a un enfrentamiento constante con la Iglesia, que intentó ser defendida por una fracción ideológicamente marginal de la Generación del 80: los líderes católicos, como Estrada, Emilio Lamarca o Pedro Goyena, cuestionaban las posturas anticlericales del grupo dirigente, pero compartía sus ideas liberales.

Expansión poblacional y económica La Generación del 80, así como las presidencias anteriores y posteriores, impulsaron un proceso de inmigración proveniente principalmente de naciones de ultramar, mayoritariamente procedentes de Italia y España, que ampliaron la población argentina del 0,1% del mundo en 1850 al 0,6% del mundo en 1930, fecha a partir de la cual se mantuvo este último porcentaje.

Llevó adelante una política económica liberal que terminó de organizar un modelo agroexportador, compatible con la división internacional del trabajo impuesta por el Imperio británico, que poco antes había derrotado al Imperio chino en la segunda guerra del Opio (1856-1860).

El país concentró su actividad económica en la región pampeana con eje en la ciudad-puerto de Buenos Aires, con el fin de producir carnes (ovinas y vacunas), cuero, lana y granos (trigo, maíz y lino), principalmente para el mercado británico, a cambio de importar manufacturas industriales. Mientras el 95% de las exportaciones eran de productos agrarios, Argentina importaba el 77% de su consumo textil y el 67% de su consumo metalúrgico. Simultáneamente el capital inglés se hizo cargo de la mayor parte de las actividades logísticas, como los bancos, ferrocarriles, frigoríficos, etc.

En 1887, poco después de haber finalizado su primera presidencia, Julio Argentino Roca visitó Londres y sintetizó la relación entre Argentina y Gran Bretaña con estas palabras:

Gerchunoff y Llach han estimado que a principios del , la mitad del PBI argentino era aportado por las importaciones y exportaciones.

Mientras el 95% de las exportaciones eran de productos agrarios, Argentina importaba el 77% de su consumo textil y el 67% de su consumo metalúrgico. Simultáneamente el capital inglés se hizo cargo de la mayor parte de las actividades logísticas, como los bancos, ferrocarriles, frigoríficos, etc.