300px|thumb|Derribo de las Cuatro Columnas, símbolo catalán, por orden de Primo de Rivera en 1928. El anticatalanismo en sentido estricto es la oposición al catalanismo y a su programa político que propugna la existencia de una «nación catalana» diferenciada de la «nación española» (por lo que sería una manifestación del españolismo, y sus orígenes habría que situarlos a mediados del ). El anticatalanismo también se ha definido en sentido amplio como la animadversión hacia Cataluña o hacia los catalanes, haciéndolo sinónimo del término catalanofobia, y cuyos momentos álgidos se habrían producido, según Joan B. Culla, cuando «Cataluña —se entiende, los sectores en cada momento hegemónicos de la sociedad catalana— ha pretendido preservar o mejorar su estatus dentro del Estado español». El anticatalanismo en este sentido amplio tendría un origen mucho más antiguo que el anticatalanismo en sentido estricto ya que sus orígenes se remontarían, según el historiador Antoni Simon Tarrés, a la Baja Edad Media y al Renacimiento.
Jaume Renyer ha diferenciado anticatalanismo de catalanofobia, entendiendo el primero como «un fenómeno político promovido y amparado desde el poder estatal», mientras la segunda sería «un comportamiento xenófobo, individual o colectivo, contra personas de origen catalán que se puede manifestar en cualquiera de los ámbitos de la vida social». Por su parte Francesc Ferrer i Gironés los considera sinónimos —él prefiere utilizar el término catalanofobia y así titula su libro: Catalanofòbia. El pensament anticatalà a través de la història—.
Joan B. Culla ha señalado dos subtemas principales en la retórica anticatalanista: el económico («Cataluña ha sido el hereu de la pobre España», «si las provincias catalanas han medrado ha sido a costa del resto del país», «después de todo, viven de nuestro sudor y de nuestra sangre»), que en ocasiones ha ido acompañado de campañas de boicot a los productos catalanes; y el lingüístico («¿vamos a consentir que en aquellas regiones furibundamente autonómicas salgan niños de la escuela sin apenas saber hablar castellano?»", se preguntaban los maestros nacionales de la comarca de Alcañiz a finales de 1918).
Baja Edad Media y Edad Moderna El historiador catalán Antoni Simon Tarrés ha propuesto diferenciar cuatro fases en el desarrollo del sentimiento anticatalán desde finales del hasta el :
1. Desde finales del hasta fines del Según Simon Tarrés, en este período «el anticatalanismo castellano... sólo se encuentra en un estado latente o larvado. La formulación de una idea imperial castellana sobre el ámbito hispánico por cronistas como Rodrigo Ximénez de Rada primero o después por los conversos Pablo de Santamaría y Alfonso de Cartagena no entraría en confrontación con las elaboraciones histórico-legendarias catalanas [de los Bernat Desclot, Ramon Muntaner o Jaume Marquilles, entre otros] por el aislamiento de ambas tradiciones culturales».
Más bien en esta fase hay que buscar las expresiones de un sentimiento anticatalán en Italia y en Aragón. En la primera Simon Tarrés menciona a Dante Alighieri, Giovanni Boccaccio, Francesco Petrarca, Luigi Alamanni, Pietro Aretino y Serafino dell'Aquila, en cuyas obras se pueden encontrar reflejos de esa animadversión hacia los catalanes, a menudo identificados como españoles. «Es un sentimiento anticatalán más cultural-lingüístico que político-territorial», como se puso de manifiesto en las protestas por la elección en 1455 de Alfons de Borja como Papa Calixto III, por ser barbaro e catalano. Este sentimiento anticatalán también se extendió por el Mediterráneo oriental con las expediciones de los almogávares, que influyeron decisivamente en el temor y rechazo que adquirieron en dicha zona, que hicieron famosa la imprecación o insulto «¡venganza catalana te alcance!».
En cuanto al reino de Aragón Simon Tarrés cita al cronista y monje cisterciense Gauberte Fabricio de Vagad que en su Crónica de Aragón (1499) se mostrará «como un celoso patriota aragonés, pero también como un acérrimo detractor de castellanos y catalanes».
2. Desde finales del hasta finales del Según Antoni Simon Tarrés, en esta fase, en la que se produce el nacimiento de la Monarquía Hispánica por la unión dinástica de la Corona de Castilla con la Corona de Aragón, se desarrolla «un anticatalanismo por omisión y por menoscabo de la lengua, de la historia, de las leyes y de las costumbres propias, las cuales quedarían desdibujadas e incluso sepultadas por la concepción española hegemonista castellana». Así lo denunció Cristóbal Despuig en Els Col·loquis de la insigne ciutat de Tortosa (1557): «y és que volen ser tan absoluts y tenen les coses pròpies en tant y les estranyes en tant poch, que par són ells venguts a soles del cel y que lo resto dels hòmens és lo que és eixit de la terra» ('y es que quieren ser tan absolutos y tienen las cosas propias en tanto y las extrañas en tanto poco, que solo ellos son venidos del cielo y que el resto de los hombres es lo que es salido de la tierra'). Despuig también defendió el catalán porque «si lleva de rael de la pàtria [Cataluña] pareixeria ser per los castellans conquistada» ('si lleva de raíz de la patria parecería ser por los castellanos conquistada'). En 1560 la Inquisición emitía una disposición por la que se dictaba que en todas sus dependencias «se ha guardar una misma forma y orden de proceder, y en los negocios de la fe todo se procede en lengua castellana».
Simon Tarrés, advierte también que «aquí ya encontramos un anticatalanismo más político institucional, dirigido especialmente hacia los naturales de Cataluña». Cita como ejemplo el caso de Lluís de Requesens que le escribió a su madre, Estefanía de Requesens, que en la corte tuvo que defender el buen nombre de Cataluña frente a las acometidas de otros pajes que hablaban mal de ella. Por otro lado otros autores han destacado que a principios del , al rey Fernando el Católico los nobles más poderosos de Castilla le llamaban «viejo catalanote»,Ramón de Cardona y la batalla de Ravenna 1512, Antonio Planells y que tras morir su esposa Isabel I fue visto como un intruso.
3. Desde finales del hasta la crisis de 1640
thumb|Retrato de Francisco de Quevedo quien en El Buscón escribió: «el catalán es la criatura más triste y miserable que Dios crio» y que «los catalanes son el ladrón de tres manos». También justificó la política del Conde-Duque de Olivares en Cataluña: «Toleró en Barcelona el Conde-Duque el demasiado orgullo de los catalanes». Según Antoni Simon Tarrés, durante esta etapa se produjo una intensificación de la animadversión hacia Cataluña, especialmente en la corte de la Monarquía (fijada desde 1565 en Madrid). El motivo fue la resistencia de las instituciones catalanas a los proyectos unificadores del valido conde-duque de Olivares, y que desembocará en la sublevación de Cataluña de 1640. Francisco de Quevedo, al servicio del Conde-Duque, no dudó en escribir que «son los catalanes aborto monstruoso de la política», «el catalán es la criatura más triste y miserable que Dios crio» y «son las viruelas de sus reyes», además de resaltar su «facinerosa condición» y su «hipocresía patrimonial». Un año antes de la rebelión de 1640, Miquel Joan Magarola, regente durante muchos años del Consejo de Aragón, manifestaba al virrey de Cataluña conde de Santa Coloma que la falta de socorros que padecían las tropas del Rosellón se debía a la animadversión de los círculos cortesanos hacia los catalanes: «es vergüenza como se tratan a los catalanes». Simon Tarrés advierte, por otro lado, que este sentimiento anticatalán «parece que había traspasado las paredes de los palacios de la corte y se había extendido entre la gente del pueblo». Un catalán residente en Madrid le confesaba a un oficial de la administración virreinal que los catalanes estaban atemorizados y que no se atrevían a salir a la calle «temiendo nos apedreen los muchachos si huelen lo que somos».
En 1636 el canónigo de Tortosa Alexandre Domènec de Ros, con el seudónimo de Juan Gómez Adrín, escribió el Memorial en defensa de la lengua castellana para que se predique en Cataluña dirigido al arzobispo de Tarragona en el que defendía que «no se debía predicar en Cataluña sino en la lengua común de la Nación, que es la castellana», argumentando que «el idioma común de la Monarquía de España, la lengua española, substancialmente es una en toda España, aunque tiene diferencias accidentales en diversas Provincias». Le respondió el canónigo de Lérida Dídac Cisteller con argumentos teológicos y afirmando que el castellano era una lengua desconocida por los catalanes.
4. Desde la crisis de 1640 hasta el
Esta cuarta fase, iniciada con la sublevación de Cataluña en 1640 y la guerra dels Segadors (1640-1652), se caracterizaría por la agudización del sentimiento anticatalán y por su extensión a todo el «cuerpo social castellano», pasando a «tener nítidamente una dimensión nacional-territorial y por proyectarse muy especialmente hacia el Principado». «Para las clases dirigentes castellanas el proceso de separación de Cataluña de la monarquía española abrió un abismo de despecho y desconfianza hacia los catalanes que nunca pudo cerrarse», ha afirmado Antoni Simon Tarrés. Así, «se irá consolidando la imagen de los catalanes como un pueblo desleal, enemigo, ingobernable, que había traicionado el proyecto común de nación española, y que no tenía más solución que la sujeción por la fuerza de las armas». En un Manfiesto manuscrito anónimo que circuló por aquellos años se decía: «De todas salen siempre yngratos, nunca seguros; si los sobrellevan, se atreven mas; si los esperan, se desenfrenan; si los perdonan, se asentan; si los aprietan, se ostigan; de suerte que no ay camino por donde dejándoles en su libertad no sean peores. Y an de neccessitar a la magestad de el mas benigno monarca, a que después de tantos siglos de predecesor en predecesor, ponga oy en este Principado, ley, yugo y justícia». thumb|Supuesto retrato de Francisco de Rioja, por Velázquez (1622). Rioja es el autor de Aristarco, o censura de la proclamación católica de Cataluña, obra publicada hacia 1640 en la que compara a los catalanes con los judíos llamándolos «marranos». Poco después de iniciada la sublevación de 1640 se publicó una obra en la que no constaba el autor titulada Aristarco, o censura de la proclamación católica de Cataluña. Estaba escrita por Francisco de Rioja, confidente y amigo íntimo del Conde-Duque de Olivares a quien le servía como su bibliotecario privado, y era una respuesta a la Proclamación católica de Gaspar Sala y Berart dirigida al rey Felipe IV en la que éste explicaba el miedo de los catalanes a perder sus Constituciones y defendía el pactismo que siempre había caracterizado las relaciones entre los catalanes y su soberano. En Aristarco Rioja comparó a los catalanes con los judíos llamándolos «marranos», los calificó como «protervos i duros», y contrapuso «la adoración de Castilla» a su rey con «la injuria de Cataluña», «donde la maior Religión es la maior desobediencia, i la maior gloria es la injuria del Príncipe». Tras afirmar que «los catalanes no son vasallos pactados», ni sus Constituciones están por encima del rey, justificó la actuación del monarca («cuando se vé amenaçando ruina, puede el Rei sin dispensación y sin culpa no guardar privilegios, ni estar al juramento de ellos en caso de necesidad») y de su ejército («I si en las inmensas injurias que recibieron de los Catalanes, obraron ellos con indignación, no es culpa suia; porque las injurias mas las comete quien las ocasiona, que quien las haze»).