thumb|250px|Oración ecuménica, en la Comunidad de Taizé.

El ecumenismo es la tendencia o movimiento que busca la instauración de la unidad de los cristianos, es decir, la unidad de las distintas confesiones religiosas cristianas «históricas», separadas desde los grandes cismas. Del griego antiguo «οἰκουμένη» (oikoumenē, aunque se pronuncia (en griego moderno) ikuméni, «tierra habitada»). Si bien el vocablo oikoumenē se utilizó desde los tiempos del Imperio romano para expresar la totalidad de las tierras conquistadas, el mundo como unidad, en la actualidad la palabra «ecumenismo» tiene una significación eminentemente religiosa, y se usa para aludir a los movimientos existentes en el seno del cristianismo cuyo propósito consiste en la unificación de las distintas denominaciones cristianas que se hallan separadas por cuestiones de doctrina, de historia, de tradición o de práctica.

El ecumenismo es diferente del diálogo interreligioso; del cual no se debe confundir, pues este último consiste en la búsqueda de cooperación entre diferentes religiones (tanto las religiones abrahámicas —judaísmo, cristianismo e islam— como otras).

En el sentir de numerosas personalidades cristianas del último siglo, el ecumenismo constituye un camino de superación de las divisiones entre los cristianos, en orden al cumplimiento del mandato de Cristo: «[...] que todos sean uno [...]» (Juan 17, 21). Aunque ya en el , Gottfried Leibniz abogaba por el ecumenismo entendido como ideal de vida.http://kalathos.metro.inter.edu/kalathos_mag/publications/archivo2-vol9-num2.pdf

Entre las muchas personalidades relevantes que tienen o tuvieron influencia en el desarrollo de la conciencia ecuménica se encuentran Robert Gardiner, el teólogo Yves Congar, el hermano Roger Schutz —fundador de la Comunidad ecuménica de Taizé—, Chiara Lubich —fundadora del Movimiento de los Focolares—, el patriarca Atenágoras I, los papas Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II, y el arzobispo de Canterbury Rowan Williams.

Origen del término «ecumenismo» El vocablo «ecumenismo» proviene del latín, œcumenicus y del griego, «οἰκουμενικός» (oikoumenikós) y este a su vez de «οἰκουμένη» (oikoumenē), que significa «poblada», con el sentido de «lugar o tierra poblada como un todo». Ya se usaba en el Imperio romano para referirse a la totalidad de las tierras conquistadas. Sin embargo, en la literatura de la época romana tenía un significado político-imperial que superaba el sentido geográfico: implicaba «el mundo como unidad administrativa, el Imperio romano».

Uso del término por los historiadores Los romanos eran llamados «señores del oikoumenē» (Plutarco, Tiberius Gracchus 9, 6). Polibio escribió: «todas las partes del mundo habitado (oikoumenē) han venido a estar bajo el dominio de Roma» (Polibio, Historias 3,1,4). De la misma forma lo usó Dion Casio (Historia Romana 37,1,2; 43,14,16; 43,21,2) y Flavio Josefo, entre muchos otros. Flavio Josefo escribió que el rey Agripa dijo: «En el mundo habitable (oikoumenē) todos son romanos» (La guerra de los judíos 2, 388).

Uso del término en los evangelios thumb|200px|Ícono ortodoxo oriental que representa el primer Concilio ecuménico en Nicea, en 325En los evangelios, el vocablo oikoumenē es poco utilizado como tal. Por ejemplo, en Lucas 2,1 se señala: «Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo (oikoumenē)». También, el diablo tienta a Jesús ofreciéndole «todos los reinos de la tierra (oikoumenē)» (Lucas 4, 5).

Uso del término en los comienzos de la historia de la Iglesia El significado de oikoumenē comenzó a tornarse decididamente positivo cuando Constantino I el Grande convocó el primer Concilio ecuménico de cristianos en Nicea, en 325, con la participación de obispos de todo el oikoumenē. Así se creó un vínculo entre el concepto de universalidad de la Iglesia (es decir, sin exclusiones) y el vocablo «ecuménico» (oikoumenē).

Breve historia del movimiento ecuménico Primera etapa (1910-1937) Según el catedrático emérito Sabino Ayestarán Etxeberria el movimiento ecuménico estuvo marcado por diversos hitos. Entre ellos se pueden mencionar los siguientes: thumb|200px|Primera Conferencia Misionera Mundial, celebrada en el Assembly Hall del New College, Universidad de Edinburgo en 1910. Se considera el inicio del movimiento ecuménico protestante.

En 1908 Spencer Jones y Paul Wattson, dos episcopalianos estadounidenses, lanzaron la Church Unity Octave (Octavario por la Unidad de la Iglesia), que tuvo una inicial acogida en el mundo anglicano. El pastor Paul Wattson había fundado la Sociedad de la Expiación, que tenía como uno de sus principales objetivos promover la unidad de los cristianos, nueve meses después del primer octavario por la unidad de los cristianos Wattson se convirtió al catolicismo. El octavario se convirtió pronto en un instrumento de apostolado en manos de la jerarquía católica de aquel tiempo, con el fin de promover la conversión de los cristianos no católicos al catolicismo cual si se tratara de un mero «retorno» al seno de la Iglesia católica. La Iglesia anglicana dejó de realizar ese octavario y transcurrió más de una década hasta que, en 1921, el mismo Spencer Jones lo sustituyó por la Church Unity Octave Council, con un sentido de búsqueda de la unión entre la Iglesia anglicana y la católica.

En 1910 se realizó la Conferencia Misionera Mundial en Edimburgo, considerada el punto de partida oficial del movimiento ecuménico. En esta Conferencia se creó un Comité de Continuación del que surgiría posteriormente el Consejo Misionero Internacional. Charles Brent propuso la creación del movimiento Fe y Constitución, con Robert Gardiner como secretario, conformando así un Comité de Continuación de esta iniciativa.

En 1914, Robert Gardiner envió una carta de invitación en latín al cardenal Pietro Gasparri. El papa Benedicto XV contestó que se consideraba a sí mismo como la fuente y la causa de la unidad de la Iglesia.

En 1916, el papa Benedicto XV mediante el Breve Romanorum Pontificum, concedió indulgencia plenaria a todos los que en cualquier lugar de la tierra, desde el 18 de enero –en que se celebraba la Cátedra de San Pedro– hasta el 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo, rezasen por la unidad de la Iglesia utilizando una oración difundida en los Estados Unidos y que había sido bendecida por Pío X, aprobada por los obispos de aquel país.

En 1918, el obispo luterano Nathan Söderblom se acercó a numerosos clérigos católicos para invitarles a hablar de la paz. Se efectuó una reunión de Upsala, en el mes de septiembre. Gasparri no se tomó la cuestión como algo serio.

En 1919, una delegación de obispos episcopalianos se acercó a diversas iglesias europeas. Al llegar a Roma, los recibió Benedicto XV, quien les dijo que la única unidad posible se encontraba en su retorno a la Iglesia católica.

thumb|180px|Nathan Söderblom, luterano galardonado con el Premio Nobel de la Paz Por primera vez Nathan Söderblom, en una carta abierta, sugirió la creación de un Consejo ecuménico de las Iglesias (C.OE.E).

En 1920, tiene lugar la Conferencia «Vida y Acción» del catolicismo práctico. Acuden delegados de la jerarquía ortodoxa. Se creó un Comité de Continuación de la Conferencia Misionera Mundial en Ginebra, para sentar las bases del movimiento Fe y Constitución.

En 1921, se fundó el Consejo Misionero Internacional en Londres: Obispos luteranos suecos y carta del catolicismo práctico. En ese mismo año, iniciaron las Conversaciones de Malinas entre clérigos católicos y anglicanos.

En 1925 se realiza la Conferencia del catolicismo práctico en Estocolmo. Se produjo un violento ataque del canónigo católico Charles Journet contra el catolicismo práctico en su libro L'union des églises et le Catholicisme pratique. Se reunió en Estocolmo el Comité de Continuación de la Conferencia Misionera Mundial, para programar la primera Conferencia Mundial de Fe y Constitución.

En 1927, se efectuó la primera Conferencia Mundial de Fe y Constitución en Lausana.

En 1928, el papa Pío XI publicó su encíclica Mortalium animos, en la que trató con palabras duras las primeras iniciativas del movimiento ecuménico.

En 1929, se realizó la primera evaluación seria del trabajo ecuménico por parte de los católicos, con el libro de Max Pribilla s.j.: Um kirchliche Einheit, Stockholm, Lausanne, Rome.

En 1930, Nathan Söderblom recibió el Premio Nobel de la Paz.

Segunda etapa (1938- ) Esta etapa coincidió con la historia del «Consejo Mundial de Iglesias» (CMI). Su estatuto, fijado provisionalmente en Utrech en 1938, a causa de la Segunda Guerra Mundial, no fue adoptado hasta la asamblea de Ámsterdam, en 1948. El consejo se definió, no como una «super Iglesia» o como una «Iglesia mundial», sino como una «comunidad de Iglesias que reconocen a Cristo como Dios y Salvador». Desde su fundación se han establecido 7 asambleas generales: Ámsterdam (1948); Evanston (1954); Nueva Delhi (1961); Upsala (1968); Nairobi (1968); Vancouver (1983) y Canberra (1991).

En cuanto a la Iglesia católica, el papa Juan XXIII produjo un cambio de rumbo con la creación del "Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos", una comisión preparatoria al Concilio Vaticano II que más tarde recibiría el nombre de Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos. El 6 de junio de 1960, Juan XXIII designó al cardenal Augustin Bea como primer presidente del recién creado Secretariado. El Secretariado participó en 1961 de la conferencia de Nueva Delhi y fue el responsable de la redacción de diferentes borradores de documentos críticos durante el Concilio Vaticano II, entre ellos el del decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo.Decreto Unitatis redintegratio, 21 de noviembre de 1964

Las últimas palabras pronunciadas por Juan XXIII en su lecho de muerte exteriorizaron su compromiso ecuménico:

La Iglesia católica, a través del Concilio Vaticano II, estableció, entre otros puntos los siguientes: El ecumenismo debe ser fomentado por los obispos (Decreto Christus Dominus 16). Los presbíteros no han de olvidar a los hermanos que no gozan de plena comunión eclesiástica con los católicos (Decreto Presbyterorum ordinis 9). Se ha de cultivar el espíritu ecuménico entre los neófitos (Decreto Ad gentes divinitus 15). Se exhorta a los católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, participen diligentemente en la labor ecuménica (Decreto Unitatis redintegratio 4). Los católicos, en su acción ecuménica, deben, sin duda, preocuparse de los hermanos separados, orando con ellos, tratando con ellos de las cosas de la Iglesia y adelantándose a su encuentro (Decreto Unitatis redintegratio 4). Es necesario que los católicos reconozcan con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común, que se encuentran entre los hermanos separados (Decreto Unitatis redintegratio 4). La práctica del ecumenismo se ha de basar en: (a) la renovación de la Iglesia como aumento de la fidelidad hacia su vocación, incluyendo movimientos bíblico y litúrgico, la predicación de la Palabra de Dios, la catequesis, el apostolado seglar, la espiritualidad matrimonial, etc. (Decreto Unitatis redintegratio 6), (b) la conversión interior (op. cit., 7), (c) la oración unánime por la unidad (op. cit., 8), (d) el conocimiento mutuo de las distintas Iglesias, con un mejor conocimiento de la doctrina, de la historia, de la vida espiritual y cultural y de la psicología religiosa de las otras Iglesias (op. cit., 9), (e) la formación ecumenista (op. cit., 10), y (f) una mejora en cuanto a la profundidad y exactitud en el lenguaje con que se expresa la doctrina de la fe (op. cit., 11), entre otros puntos.