Cliente (del latín cliens —plural clientes— y este de cluere, 'acatar', 'obedecer'), en la sociedad de la antigua Roma, era el individuo de rango socioeconómico inferior que se ponía bajo el patrocinio (patrocinium) de un patrón (patronus) de rango socioeconómico superior. Ambos eran hombres libres, y no necesariamente se correspondía su rango desigual con las distinciones socio-familiares entre plebeyos y patricios; aunque, legendariamente, esta relación de patronazgo fue iniciada por Rómulo con el objetivo de fomentar los vínculos entre ambas partes de la sociedad romana, de manera que unos (los clientes) pudieran vivir sin envidia y los otros (los patronos) sin faltas al respeto (obsequium) que se debe a un superior. Cuantos más clientes tuviera, a más prestigio (dignitas) accedía un romano que pretendiera ser importante.Dillon and Garland, Ancient Rome, p. 87.
Naturaleza
La condición del cliente, hereditaria, le hacía ser considerado parte la familia de su patrón, sometido a la autoridad del pater familias; así como miembro menor (gentilicius) de la gens de su patrón, con lo que estaba sometido a la jurisdicción y disciplina de la gens y podía acceder a sus servicios religiosos, incluyendo los ritos funerarios, siendo sus restos enterrados en su sepulcro común.James Muirhead; Agnes Muriel Clay (1911). "Patron and Client". Encyclopædia Britannica (11th ed.). Los libertos pasaban a ser clientes de sus anteriores propietarios.
Se identificaban con la relación patrón-cliente las relaciones que se establecían en el ejército romano (entre un general y sus soldados), entre el fundador y los habitantes de una colonia romana y entre el conquistador y el territorio conquistado (estado cliente).Matthew Dillon y Lynda Garland, Ancient Rome: From the Early Republic to the Assassination of Julius Caesar, Routledge, 2005, pg. 87.
Las relaciones de clientela o de patronazgo obligaban a mantener fides ("lealtad" y "confianza" mutuas) entre patrón y cliente (o bien fides por parte del patrón y pietasHendrik Wagenvoort, Pietas: Selected Studies in Roman Religion, Brill, 1980. -"devoción"- por parte del clienteKarl-J. Hölkeskamp, Reconstructing the Roman Republic: An Ancient Political Culture and Modern Research, Princeton University Press, 2010, pgs. 33–35; Emilio Gabba, Republican Rome: The Army and the Allies, University of California Press, 1976, pg. 26.). Como consistían en acuerdos privados, quedaban fuera del control estatal; pero se consideraban una mos maiorum ("costumbre ancestral") y un vínculo de orden religioso, que incluía la dependencia al patrón para la consulta de los auspicia y las ofrendas a los lares. La Ley de las Doce Tablas (449 a. C., aunque recoge tradiciones orales muy anteriores) declara sacerM. Morani "Latino sacer..." in Aevum LV 1981. («maldito», expuesto a la cólera de los dioses) al patrón que defrauda la lealtad de su cliente. A partir de esta ley, los clientes llevaban como segundo nombre el de la gens de su patrón. La relación también tenía fuertes consecuencias jurídicas, puesto que no se permitía a patrones y clientes demandarse ante los tribunales ni testificar uno contra otro, y debían abstenerse de cualquier tipo de iniurias entre ellos. También tenía consecuencias militares, estando obligado el cliente a acompañar al patrón a la guerra y a contribuir a su rescate si era hecho prisionero."Client". The American Cyclopædia. 1879. "Clients". Encyclopedia Americana. 1920.
El cliente solía provenir de una familia empobrecida o de origen humilde o extranjero que solicitaba la protección de un romano poderoso. Al inicio de la historia romana recibía del patrón, a cambio de su sumisión y servicios, un heredium particularmente pequeño (una parcela agrícola de dos iugera, insuficiente para alimentarse), aunque esa relación cuasi-laboral dejó de existir en tiempos de la República. A partir de entonces la relación de clientela era meramente personal y se establecía en el entorno puramente urbano: los clientes ponían sus servicios, especialmente los servicios políticos (cuando el voto era requerido en las numerosas convocatorias electorales del sistema político romano —comicios romanos—), a disposición de un patrón rico y con ambiciones políticas y sociales, que se convertía en su benefactor y le daba protección y ayuda económica.Manual de Derecho Romano. Historia e Instituciones. Luis Rodolfo Arguello. Año 2000. ISBN 950-508-101-4. Editorial Astrea. Buenos Aires, Argentina. La relación clientelar en la vida social y política romana fue decayendo desde el , hasta el punto que algunos autores consideran que dejó de ser una institución tan decisiva como usualmente se presenta.Fergus Millar, "The Political Character of the Classical Roman Republic, 200-151 B.C.," en Rome, the Greek World, and the East: The Roman Republic and the Augustan Revolution, University of North Carolina Press, 2002, p. 137. Cita también a N. Rouland, Pouvoir politique et dépendance personelle, 1979, pp. 258-259.
Dionisio de Halicarnaso, en Antigüedades romanas, describe la declaración de sumisión ritual del cliente con la expresión in fidem venire, y la aceptación por el patrono con la expresión in fidem clienteam recipere.II, 10
La salutatio matutina, la sportula y los parasitus thumb|Relieve de un sarcófago del que representa a las cuatro estaciones (Horae) y a otros personajes que esperan a la puerta de la otra vidaMelissa Barden Dowling, "A Time to Regender: The Transformation of Roman Time," in Time and Uncertainty (Brill, 2004), p. 184. de una forma similar a como los clientes esperaban a la puerta de su patrón a primera hora de la mañana. Jérôme Carcopino, La vita quotidiana a Roma, Universale Laterza, Bari 1971.
El mantenimiento de las obligaciones recíprocas entre cliente y patrón se manifestaba cotidianamente con la costumbre denominada salutatio matutinaJosep Maria Ruiz Salutatio matutina.
Jérôme Carcopino, La vita quotidiana a Roma, Universale Laterza, Bari 1971 Philippe Aries y Georges Duby, La vita privata , 5 vol., Editori Laterza, 2001 (traducción italiana del original francés; hay traducción castellana: Historia de la vida privada). Andrea Giardina, L'uomo romano, «Economica Laterza», 1993 Andrea Giardina Profili di storia antica e medievale. vol. 1 Laterza Edizioni Scolastiche - 2005 Ugo Enrico Paoli, Vita romana - Oscar Mondadori, 2005 Alberto Angela, Una giornata nell'antica Roma. Vita quotidiana, segreti e curiosità, Rai Eri, Mondadori 2007, ISBN 978-88-04-56013-5 ("saludo de la mañana"), que obligaba al cliente a madrugar para acudir a casa de su patrón para saludarle y recibir comida, dinero o algún otro presente (la sportulaNo debe confundirse con la sportulae, una tabla de tarifas e impuestos que se fijaba en el pretorio o en algún edificio público adecuado por su cercanía al recaudador de impuestos, habitualmente como una inscripción epigráfica en los muros -De Segni, L, J Patrich, y K Holum. "A Schedule of Fees (Sportulae) for Official Services from Caesarea Maritima, Israel." Zeitschrift fur Papyrologie und Epigraphik 145 (2003): 273-300. JSTOR. Web. 15 Nov. 2011-. -"pequeña espuerta", esportillo No debe confundirse con esportilla o cesta, véase cesta de Navidad-); y se ponía a disposición de lo que éste pudiera demandar de él (por ejemplo, acompañarle a algún acto público, donde estaba obligado a manifestarle su aprobación y apoyo). El que el patrón devolviera el saludo, citándole por su nombre, era una muestra de confianza y reconocimiento. El orden de recepción venía determinado por el rango del cliente.Primero los pretores, luego los tribunos, luego los equites, luego los hombres libres y por último los libertos. Juvenal, I, 95 Olvidar el tratamiento que debía darse al patrón (el título de dominus), podía dar lugar a ser despedido sin recibir la sportula. Se debía acudir vestido propiamente, con toga, requisito que para los más pobres era difícil de cumplir, en cuyo caso se esperaba qué fuera su propio patrón el que se la facilitara. Dependiendo del número de clientes, la salutatio podía prolongarse mucho (hasta la hora secunda o tertia). Por muy molesto que fuera para el patrón mantener este ritual cotidiano, desatender las quejas y peticiones de sus clientes, o no responder a su saludo, era considerado una pérdida de reputación.Marcial, VI, 88 Las mujeres no participaban en la salutatio excepto en el caso de que fuera la viuda la que representara al patrón (haciéndose llamar como el patrón muerto), o cuando el cliente, imposibilitado, mandaba a su mujer sustituirle (a veces acudía postrado en una litera, quedándose a la puerta por no poder andar), lo que podía suscitar una mayor generosidad en la sportula.Juvenal, I, 117, 126
La estructura de la domus (casa familiar romana) incluía una pieza a la entrada que permitía acoger a los clientes; aunque lo habitual era permitir su entrada en espacios más privados según su rango o nivel de confianza (los más humildes se quedaban en la entrada, mientras que a algunos se les permitía llegar hasta el peristilus). En Pompeya se conserva un banco de piedra en la fachada de una casa, donde esperarían sentados los clientes. Era prueba del prestigio de una familia el que cada mañana frente a su casa esperara un gran número de clientes.
Quinto Tulio Cicerón, en De petitioniis consularibus, distingue tres clases de clientes: los que vienen a saludarte a tu casa, los que llevas al foro y los que te siguen a todas partes, y aconseja acordar un precio a la exclusividad de los primeros, para evitar el abuso frecuente que suponía que algunos clientes acudieran a saludar a varios patrones distintos el mismo día; también aconseja llevar tantos como se pueda al foro, porque el número de clientes que acompaña a un candidato determina su reputación.IX
thumb|Anverso y reverso de un sestercio de Nerón.
En la ciudad de Roma (teniendo en cuenta que el coste de la vida era más caro que en otras ciudades), la tarifa de dos sestercios se consideraba adecuada a comienzos de la época imperial (en tiempo de Trajano, seis sestercios),Marcial, op. cit. cuando ya había decaído la costumbre de los pagos cotidianos en especie (que se reservaban a ocasiones concretas, como proporcionar entradas para un espectáculo -especialmente cuando lo organiza el patrón-, ropa para el año nuevo, o lo necesario para celebrar una boda). Era habitual que los clientes fueran citados en el testamento dejándoles alguna parte de la herencia.
Los caprichos extravagantes de los patronos, y la adulación y el servilismo de los clientes, podían llegar a extremos ridículos, como denunciaron Petronio,Satyricon, 140 JuvenalD.I. Iuvenalis Saturarum libri V, pg. XXI y otros satíricos (no pocos de ellos, como muchos otros literatos romanos, también clientes protegidos precisamente por esa condición -véase mecenazgo-).
Con la palabra latina parasītus (castellanizada "parásito"), proveniente de la griega παράσιτος (parásitos, "comensal"), se designaba peyorativamente a los clientes considerados como vagos que vivían a costa de sus patronos.Parásitos Parásitos hambrientos y la hora sexta
Equivalentes de la clientela como institución social
La relación patrón-cliente era una institución social que permitía superar las relaciones basadas únicamente en el parentesco (propias de sociedades de un nivel de desarrollo tribal) y establecer relaciones propias de las sociedades complejas de un nivel de desarrollo urbano.
En otras instituciones romanas