La Escuela de Cristo es una institución de la Iglesia católica que tuvo su origen a mediados del , inspirada en las corrientes espirituales de San Felipe Neri y la Congregación del Oratorio en Italia. Juan Bautista Ferruzzo, sacerdote siciliano, junto a un grupo de doce personas compuesto por clérigos y laicos, la fundó en Madrid el 26 de febrero de 1653; nació con el propósito de buscar una vivencia de la fe coherente, íntima y alejada del aparato externo, basándose en la oración mental, la meditación grupal y la práctica de la penitencia.
Para regular su funcionamiento, Ferruzzo redactó las primeras Constituciones en 1653, que recibieron modificaciones menores en 1656 y fueron aprobadas de forma definitiva por los papas Alejandro VII (1665) y Clemente IX (1669). Estas normas limitaban el número total de hermanos a un máximo de 72 —en memoria de los discípulos de Jesús— y establecían un riguroso proceso de selección que exigía a los candidatos ser mayores de 24 años, poseer una probada virtud y realizar confesión general y testamento antes de ingresar. A nivel social, el movimiento se caracterizó por la coexistencia armónica de la aristocracia con los ciudadanos del estado llano.
El gobierno de cada escuela recaía en el obediencia, un cargo ejercido por un sacerdote y renovado cada cuatro meses, auxiliado por la Junta de Diputados y la Junta de Ancianos encargada de los asuntos graves y de la expulsión de miembros infractores. Por mandato constitucional, los encuentros debían realizarse en oratorios propios, de carácter sobrio y uso exclusivo, decorados con elementos como un Santo Cristo Crucificado, imágenes marianas, calaveras y disciplinas, prohibiéndose de manera estricta la realización de celebraciones o fiestas exteriores.
Los ejercicios espirituales se celebraban todos los jueves al anochecer y constaban de tres partes: oraciones y lecturas de meditación, el examen público de los congregantes en el «banquillo» y la práctica a oscuras de la «disciplina». Asimismo, cada cuatro meses se sorteaba el «ejercicio de la muerte» entre los hermanos. Complementariamente, los miembros debían cumplir con prácticas individuales diarias como el examen de conciencia, la oración matutina, la comunión semanal y la labor social mediante visitas a hospitales y cárceles.
Tras una rápida expansión impulsada por figuras como el obispo Juan de Palafox, la institución llegó a contar con más de 400 escuelas en la España peninsular y una amplísima presencia en los virreinatos de la América hispana (especialmente en México, Colombia y Guatemala) durante el . Sin embargo, los siglos y trajeron consigo un profundo declive. A pesar de los esfuerzos de revitalización litúrgica y la creación de un Instituto Orgánico en el tercer centenario de la fundación (1953), la mayoría de las sedes desaparecieron progresivamente, sobreviviendo en la actualidad unas pocas congregaciones activas en localidades como Madrid, Sevilla y Orduña.
Origen izquierda|miniaturadeimagen|Pintura de San Felipe Neri, obra del discípulo de Murillo Juan de Dios FernándezCruz (1745-1800) La Escuela de Cristo tiene su origen en las enseñanzas de San Felipe Neri y la Congregación del Oratorio, por él fundada. Aparecieron así, primero en Italia y pronto en España, grupos de fieles (sacerdotes y laicos) que se reunían periódicamente para la lectura y meditación de un libro espiritual, unidas al rezo en común de algunas oraciones. Fuera de todo aparato externo, esas personas buscaban una vivencia coherente de la fe.
En 1646, Juan Bautista Ferruzzo, un sacerdote siciliano afincado en Madrid, comenzó a celebrar, en el Hospital de los Italianos de esa ciudad —de la que era administrador— reuniones con grupo de sacerdotes y laicos para tratar temas espirituales y realizar prácticas de piedad. En la Noticia breve de la fundación de la Escuela de Cristo se explica que se celebraban a imitación de las que congregaciones que existían en ciudades de Italia, llamadas Reservadas o Escuelas de Cristo; de ellas se informó al nuncio, patrono del hospital, quien verbalmente concedió licencia y aprobación. Como se sabe, algún tiempo después se suspendieron, pues algunos de los que asistían habían dejado la ciudad. Por esto, la fecha que se considera como fundación de las Escuela es el 26 de febrero de 1653, día en que se reanudaron los encuentros, pero ahora con unas formalidades que, poco después, quedarían reflejadas en un reglamento cuya redacción se encomendó al propio Ferruzzo. La relación de los asistentes, conservada en el libro iniciado con esa ocasión, permite conocer que en esa primera reunión participaron doce personas, ocho clérigos y cuatro laicos; de estos, tres eran hidalgos y uno de ellos caballero de Calatrava. En esa misma sesión, los congregados eligieron a Ferruzzo como su máxima autoridad —llamada obediencia—, y también a los restantes cargos.
Constituciones miniaturadeimagen|Reimpresión (1722), por la Escuela de Cristo de Valencia, de las Constituciones aprobadas por Clemente IX en 1669 Las primeras normas sobre el gobierno y funcionamiento de la Escuela de Cristo fueron las preparadas por Ferruzzo, y estudiadas y aprobadas en la sesión celebrada el 25 de marzo de 1653; en ellas se fijaba el modo de gobierno, las condiciones que debían cumplir sus miembros y el contenido de las sesiones, que se celebrarían semanalmente. No se conservan esas Constituciones, pero en lo esencial deben de coincidir con las que se presentaron para su aprobación a Baltasar Moscoso y Sandoval, arzobispo de Toledo.Este la concedió el 16 de septiembre de 1653 a partir de un informe laudatorio de Juan de Palafox, que en ese momento se encontraba en Madrid para la toma de posesión del obispado de Burgo de Osma.
Pocos años después, recogiendo la experiencias de ese tiempo, la Escuela de Madrid preparó unas nuevas Constituciones, que obtuvieron la aprobación del arzobispo el 17 de mayo de 1656; los cambios introducidos eran mínimos: resolvían algunas cuestiones que no se contemplaban en las primeras y se las dotaba de una estructura más clara; entre los cambios destaca la exigencia de que la presidencia de la Escuela recayese en un clérigo; un requisito ausente en las primitivas. Remutidas estas nuevas a Roma, fueron aprobadas por Alejandro VII por el breve Ad pastoralis dognitatis fastigium, del 10 de abril de 1665, que incluía, traducido al latín, el texto remitido.Unos años después, al advertir la Escuela de Madrid que en la publicación latina había algunas erratas —que, no obstante, no alteraban lo sustancial—, solicitó a Clemente IX la aprobación de unos nuevos estatutos. El pontífice las aprobó con el breve Sacrosancti Apostolatus Officium, del 12 de julio de 1669, en el que confirmó las indulgencias concedidas por su antecesor e incluyó el texto latino de las Constituciones, con las oraciones, ritos y ceremonias que se observaban en la Escuela.
Número de miembros y condiciones de acceso De acuerdo con esas constituciones, la Escuela la componían doce sacerdotes, como el número de los apóstoles, y treinta tres laicos, en recuerdo de la edad de Cristo. No obstante, el número total de hermanos podría llegar a setenta y dos, como el número de discípulos enviados por el Señor a anunciar su mensaje.Lc 10, 1-2
La fundación de cada una de las escuelas se apoyaba en un grupo de sacerdotes y seglares con deseos de perfección y supervisaba la captación de nuevos miembros, denominados indistintamente congregantes o hermanos. Para la admisión de los candidatos, se exigía una edad mínima de veinticuatro años, que fuesen personas «de mucha virtud, prudencia y espíritu fundado en la humildad [...] principiantes en la oración« y que conocieran la doctrina cristiana;Es decir, un buen conocimiento del contenido del catecismo: cfr. una vez acreditadas tales condiciones, debían someterse a un riguroso proceso de idoneidad. Algunos centros requerían de los postulantes la asistencia a misa y la oración mental diaria; también debían disponer de director espiritual y, durante al menos seis meses, concurrir a los ejercicios como huéspedes, es decir, sin quitarse la capa.A los eclesiásticos se les podía dispensar de este trámite, pero los religiosos debían contar con el permiso de su superior. Las Constituciones establecían que, antes de la admisión, el nuevo hermano debía hacer confesión general, otorgar testamento y contar con el voto favorable de la Junta de Ancianos confirmado con el voto del centro.En todo caso, la incorporación de un nuevo hermano estaba supeditada a la existencia de una vacante, ya que no podía superarse el número máximo establecido en su normativa. Aunque no lo mencionaban, las escuelas establecieron que los hermanos deberían hacer el voto inmaculista como requisito imprescindible para su ingreso.
El rigor que se exigía para el ingreso en la Escuela tenía su correspondencia en el cuidado de que los hermanos evitasen comportamientos impropios; se prestaba especial atención a actitudes que podrían causar escándalo y que podrían acarrear desde el apartamiento temporal de los ejercicios hasta la expulsión. Las Constituciones establecían el procedimiento que había de seguirse en estos casos. Ante todo, había que averiguar todas las circunstancias: en algunas ocasiones, bastará la amonestación por parte del obediencia, previa consulta con los diputados; si la situación persistiera, después de tres amonestaciones se remitirá el asunto a la Junta de Ancianos; tras reunirse en deliberación, cada integrante de esta emitirá en secreto su voto y, si dos terceras partes la apoyan, se decretará la expulsión del infractor.
Nada establecían las Constituciones sobre la extracción social de sus miembros. Labarga ha realizado un amplio estudio que analiza los datos de las principales escuelas; aunque estos no son homogéneos, se comprueba la coexistencia de aristócratas con personas del estado llano. Señal de la abundancia de estos hermanos es que algunas escuelas establecieron una distinción entre actividades laborales dignas e indignas; entre estas últimas se incluyen las de mercadería como sospechosas de ilicitud moral. Un informe elaborado en 1770 concluía que los miembros de las escuelas procedía de todos los estados y clases; esta afirmación, si bien válida para la mayor parte, suscita dudas en el caso de la de Madrid, en la que abundaron figuras influyentes, especialmente en sus comienzos; sin embargo, se ha constatado que, en ocasiones, se presentaron casos de hermanos que atravesaron dificultares y que requirieron la ayuda de los demás. A esa diversidad social de los hermanos se refiere expresamente Morales Padrón al presentar el estado actual de la Escuela de Cristo de Sevilla en 1972; tras referirse a los hermanos de épocas anteriores —varios de ellos santos o venerables—, aclara que «los de ahora son tan importantes ante Dios como estos otros, y van desde un cobrador de autobuses a un celador nocturno de un colegio mayor, pasando por un orfebre, médicos, sacerdotes, terratenientes y un militar».
Gobierno La Escuela de Cristo está presidida por el obediencia, quien recibe este nombre porque: