La Caída de Acre, también llamada Sitio de Acre, tuvo lugar en 1291 y resultó en la pérdida de la ciudad de Acre de manos cristianas. Es considerada una de las batallas más importantes del período, y frecuentemente es mencionada por los historiadores como el evento que marcó el fin de las Cruzadas. Cuando Acre cayó, los cruzados perdieron su última gran fortaleza en el Reino Cristiano de Jerusalén. Sin embargo, aún mantuvieron bajo su control una fortaleza, al norte, en la ciudad de Tartus (Siria), y realizaron varias incursiones costeras así como un intento de reconquista desde la pequeña isla de Arwad, que posteriormente perdieron también en 1302 en el Sitio de Arwad. Para entonces, los cruzados ya no poseían tierras, ciudades o fortalezas en Tierra Santa.

Antecedentes

El principal punto de inflexión de las cruzadas fue en 1187, cuando después de la batalla de los Cuernos de Hattin, los cristianos perdieron Jerusalén contra las fuerzas de Saladino. La base de operaciones de los cruzados se desplazó entonces al norte, y fue instalada en Acre por los siguientes cien años. Las órdenes militares tenían sus cuarteles dentro o cerca de Acre, desde donde decidían en qué batallas debían luchar y en cuáles no. Por ejemplo, cuando los mongoles vinieron desde el Este, los cristianos los vieron como aliados potenciales, pero también mantuvieron una posición de cautelosa neutralidad con las fuerzas musulmanas de los mamelucos egipcios. En 1260, los comandantes de Acre permitieron a los mamelucos pasar por su territorio sin obstaculizarles el paso, para que lograran una victoria decisiva contra los mongoles en la crucial batalla de Ain Jalut, en Galilea.

Aun así, la mayoría de las relaciones con los mamelucos no eran tan cordiales. Después de la fundación del Sultanato mameluco en Egipto en el año de 1250, la destrucción de los territorios cruzados restantes era la única vía para lograr la paz. Después de la batalla de Ain Jalut, las fuerzas de los mamelucos comenzaron a atacar las posesiones cristianas, iniciando en 1261 y siendo comandadas por el sultán Baibars. En 1265 Cesarea y Arsuf cayeron ante el Sultán. Al año siguiente aconteció la pérdida de todas las ciudades importantes de Galilea. 1268 supuso un año negro para los cristianos de Oriente. Primero Baibars se apoderó de Jaffa y del castillo de Beaufort defendido por la Orden del Temple y después subió en dirección norte hacia Antioquía y le puso sitio. El día 18 de mayo las tropas del sultán abrieron brecha en las murallas por donde se colaron los mamelucos en tropel. La gran ciudad había perdurado por más de 160 años como capital franca y su gobernante Bohemundo VI vio su título rebajado a conde.

Para ayudar a reponer estas pérdidas, unas cuantas expediciones cruzadas dejaron Europa para marchar hacia el Este. La frustrada cruzada de Luis IX de Francia hacia Túnez en 1270 fue uno de estos intentos. La insignificante novena cruzada del príncipe Eduardo (posteriormente Eduardo I) de Inglaterra 1271-1272 fue otra. Ninguna de estas expediciones fue capaz de brindar apoyo alguno a los sitiados estados latinos. Las fuerzas expedicionarias eran muy pequeñas, la duración de las Cruzadas muy corta, los intereses de los participantes muy diversos como para dar cabida a algún éxito sólido.

El papa Gregorio X se esforzó en excitar el entusiasmo general para lograr otra gran cruzada, pero lo hizo en vano. El fracaso de su llamamiento fue atribuido por los consejeros del Papa a la holgazanería y a los vicios de la nobleza europea, además de a la corrupción de los clérigos. Pero una razón más básica para este fracaso parece haber sido la pérdida de la importancia del espíritu de las cruzadas. Por otro lado, el uso de permisos y privilegios de cruzada, por parte de los predecesores del papa Gregorio X, para reclutar ejércitos que lucharan contra los enemigos europeos del papado, no hizo sino desacreditar el movimiento entero.

En cualquier caso, y a pesar de los esfuerzos del papa, no se pudo lograr una cruzada de mayor importancia que las expediciones arriba descritas. Sin embargo, los ataques al Reino de Jerusalén no sólo continuaron, sino que aumentaron su frecuencia y contundencia. Lo mismo sucedió con las dificultades internas en lo que quedaba de los reinos latinos. Para 1276 la situación, tanto interna como externa, se había vuelto tan peligrosa que el rey de Jerusalén, Enrique II, se había retirado de Palestina para irse a vivir a la isla de Chipre. La desesperada situación del reino cristiano empeoró. En 1278 cayó Laodicea. Y en 1289, se perdió Trípoli.

Esfuerzos defensivos

thumb|280px|right|La ciudad de San Juan de Acre en 1291. Los esfuerzos francos fueron retomados para firmar una alianza franco-mongola entre Europa y los mongoles, siendo con el líder mongol Arghun particularmente proactivos. Con Acre en gran peligro, el papa Nicolás IV proclamó una cruzada y negoció términos con Arghun, Haitón II de Armenia, los jacobitas, los coptos y los gregorianos. El 5 de enero de 1291 el papa dirigió un discurso a todos los cristianos para salvar la Tierra Santa y los predicadores comenzaron a reunir cristianos que siguieran a Eduardo I en una cruzada. Sin embargo, todos estos intentos de montar una ofensiva combinada eran muy pequeños y muy tardíos. En sus cartas a los gobernantes occidentales, Arghun se comprometió a realizar una ofensiva en el invierno de 1290, con planes de estar en Damasco en la primavera de 1291:

A pesar de todo, Arghun estaba moribundo y murió el 10 de marzo de 1291, poniendo fin a sus esfuerzos en favor de un plan conjunto.

Apoyo europeo

Consecutivo a la caída de Trípoli, el rey Enrique II de Chipre envió a su senescal, Juan de Grailly, hacia Europa para conseguir monarcas europeos que ofrecieran ayuda a la crítica situación en Levante."A History of the Crusades" by Sir Steven Runciman, p.408 Juan se entrevistó con el papa Nicolás IV, quien compartió sus preocupaciones y escribió una carta a las potencias europeas instándolas a tomar cartas en el asunto concerniente a la Tierra Santa. Sin embargo la mayoría estaban tan preocupados por la cuestión del papa de organizar una cruzada, como lo estaba el rey Eduardo I, quien tenía problemas en sus tierras.

Sólo un pequeño ejército de campesinos y pueblerinos desempleados y sin entrenamiento militar, provenientes de Toscana y Lombardía, se unieron a la causa. Fueron transportados en veinte galeras venecianas. A la cabeza de este grupo iba Nicolás Tiepolo, el hijo del Dogo, que contó con la asistencia de Juan de Grailly y Roux de Sully. Mientras viajaban hacia el Este, la flota se unió a siete galeras del rey Jaime II de Aragón, que deseaba ayudar a pesar de sus conflictos con el papa y la República de Venecia.Runciman, p.409

Masacre de musulmanes

La tregua firmada por Enrique y Qalawun había restablecido en Acre un poco de confianza. Lo que produjo una reanudación del comercio. En el verano de 1290 los mercaderes de Damasco empezaron a enviar de nuevo sus caravanas a las ciudades francas de la costa. Aquel año se recogió una buena cosecha en Galilea y los campesinos musulmanes abarrotaron con sus productos los mercados de Acre.

En agosto, en plena prosperidad, llegaron los cruzados italianos. Desde que arribaron fueron un problema para las autoridades. Eran desordenados, borrachos y pendencieros y sus jefes, que no les podían pagar con regularidad, tenían escaso control sobre ellos. Los recién llegados alegaron que habían ido a luchar contra el infiel y por lo tanto comenzaron a atacar a los mercaderes, a los campesinos y a los ciudadanos musulmanes de Acre.

Según narra Amin Maalouf:

Otras fuentes indican que un mercader musulmán había seducido a una dama cristiana cuyo esposo, al enterarse, llamó a sus amigos para vengarse. De repente, la turba cristiana se precipitó por las calles de la ciudad y los suburbios matando a todo musulmán que encontrarán. Lo que comenzó como carnicería terminó en batalla, pues muchos musulmanes se defendieron desde sus azoteas con rudimentarias armas. Los caballeros de las órdenes estaban horrorizados ante la carnicería pero todo lo que pudieron hacer fue salvaguardar a algunos musulmanes en sus castillos y arrestar a los cabecillas.

Estas muertes le dieron al sultán mameluco, Qalawun, el pretexto que necesitaba para atacar la ciudad. Qalawun pidió que los culpables de la masacre le fueran entregados de manera que él pudiera aplicar justicia. Después de ciertas discusiones acerca de la posibilidad de encerrar a las masas asesinas en las cárceles de Acre, idea propuesta por Guillermo de Beaujeu, el Concilio de Acre finalmente rehusó entregar a nadie Qalawun y en su lugar argumentaron que la culpa la tuvieron los musulmanes puesto que, según el Concilio, estos habían intentado sublevarse.

A pesar de que una tregua de diez años había sido firmada en 1289, Qalawun consideró que la tregua había sido rota tras la masacre de musulmanes. En octubre, Qalawun ordenó una movilización general.

Preparativos bélicos

Aun así, el sultán murió en noviembre de 1290.Author, D. Nicolle, Acre 1291: Bloody sunset of the Crusading states. Osprey 2005. D Sin embargo, rápidamente fue sucedido por su hijo Jalil, quien había jurado a su padre, en el lecho de muerte, terminar la empresa que él dejó inconclusa. Sin tiempo que perder se puso a la cabeza de las tropas y reinició la marcha, capturando a su paso las caravanas que llevaban suministros y ayuda para Acre. Durante la marcha se presentaron varias escaramuzas con patrullas de templarios que vigilaban la zona, cuyos integrantes fueron hechos prisioneros. Mientras el ejército marchaba, Jalil escribió al gran maestre del Temple, Guillermo de Beaujeu advirtiéndole que reconquistaría Acre para el Islam.

Dentro de los muros, los Maestres del Temple, Guillermo de Beaujeu y del Hospital Jean de Villiers, habían hecho venir a sus mariscales Pedro de Sevrey (que había reemplazado a Godofredo de Vendac como Mariscal de la Orden) y Mateo de Clermont y habían reunido todas sus tropas disponibles. También estaba presente el recién nombrado Maestre de la Orden de los caballeros teutónicos, Conrado Feuchtwangen, y había traído consigo muchos caballeros de Europa. El rey Enrique II que había sido coronado en Chipre en 1285 y reconocido como señor del reino de Jerusalén el 15 de agosto de 1286, envió un contingente al mando de su hermano Amalarico. El rey de Francia mantenía tropas en la ciudad desde la época de Luis IX al mando de Juan de Grailly y el rey inglés también envió algunos caballeros mandados por Otón de Grandson.

Fuerzas contendientes y preparación de la batalla

Algunas fuentes cristianas (cuyas cifras son exorbitantes) afirman que Jalil tenía bajo su mando 60 000 soldados de infantería y unos 20 000 de caballería, que junto a las 72 eficaces catapultas (algunas fuentes indican 100 catapultas) demostraron ser muy superiores a las defensas de la ciudad: 14 000 soldados a pie y 800 caballeros, a éstos se le suman 2000 hombres que zarparon desde Chipre comandados por el rey Enrique II. Se estima que la población de Acre en la época oscilaba entre los 30 000 o 40 000 habitantes.

La Ciudad Real de San Juan de Acre estaba situada de espaldas al mar Mediterráneo, rodeada de agua por el sur, por el este y por el oeste, formaba una pequeña península y dominaba la bahía que llevaba su nombre. Tenía una doble fila de murallas y doce torres que habían sido reforzadas hacía poco. En la parte norte se encontraba el barrio de Montmusart y, al sur de éste, la muralla torcía bruscamente en dirección oeste y formaba un ángulo recto bajando en dirección sur hasta encontrar el mar. Todo este saliente era dominado por la Barbacana del Rey Hugo. El castillo del rey, ocupado por la Orden del Hospital, estaba situado delante del barrio de Montmusart y pegado a la muralla interior.