El Carnaval de Cádiz es uno de los carnavales más famosos e importantes de España, por lo que ha sido reconocido en 1980 conjuntamente con el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, con la declaración de Fiesta de Interés Turístico Internacional. Ambos son los primeros carnavales de España con tal distinción. Precisamente desde el año 2014, el Carnaval de Cádiz y el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife están hermanados, coincidiendo con el 30 aniversario del hermanamiento de ambas ciudades que tuvo lugar en 1984. Ha sido también declarado Tesoro del Patrimonio Cultural Inmaterial de España. En 2019 fue registrado en el Catálogo General de Patrimonio Histórico Andaluz (CGPHA) como bien de interés cultural (BIC), por una orden publicada en el Decreto 609/2019 en boletín número 240 de 16/12/2019 del BOJA. Todos los años durante los meses de enero y febrero se celebra en el Gran Teatro Falla el Concurso de Agrupaciones del Carnaval.
Historia
Para aclarar el origen del Carnaval los estudiosos nos remiten a distintas civilizaciones que, sin usar el mismo concepto de la fiesta, han manejado objetos y utensilios similares a los que se usan en Carnaval, y recuerdan el origen remoto que pueden suponer las bacanales, las saturnales (al dios Saturno) y las lupercales (al dios Pan), celebraciones que se conocieron tanto en la antigua Grecia como en la Roma clásica.
Sin embargo, parece ser que el Carnaval de Cádiz, como la mayor parte de las celebraciones del mismo tipo en Europa, es un hijo, aunque sea pródigo, del cristianismo; mejor dicho, sin la idea de la Cuaresma no existiría en la forma en que ha existido desde fechas muy antiguas de la Edad Media Europea. Se lo relaciona también con los ritmos del tiempo, con la percepción cualitativa del tiempo. El cristianismo establece «un orden pasional del tiempo», en el que los momentos de alegría y tristeza se alternan cronológicamente, según sea tiempo de prohibiciones o tolerancias, asimilados por el cristianismo. El Carnaval es una consecuencia de la concepción simple del tiempo que adopta el cristianismo. Una concepción ajustada a los ciclos vitales y de las cosechas.
Su principal significación es que autoriza la satisfacción de todos los apetitos que la moral cristiana, por medio de la Cuaresma, refrena acto seguido. Pero al dejarlos expansionarse durante un periodo más o menos largo, la moral cristiana reconoce también los derechos de la carne, la carnalidad. El Carnaval encuentra así, además de su significación social y psicológica, su función equilibradora en todos los aspectos. Y todo pese a que en 1523, Carlos I había prohibido totalmente las máscaras.
Pero sin duda con el transcurso del tiempo distintos aspectos se han ido marcando con mayor profundidad hasta alcanzar en Cádiz una fiesta distinta. En el proceso de su propia definición, el Carnaval gaditano toma peculiaridades del italiano, explicable por la influencia fundamentalmente genovesa que Cádiz conoció desde el : tras el desplazamiento hacia el Mediterráneo de los turcos, los comerciantes italianos se trasladan a Occidente, encontrando en Cádiz un lugar de asentamiento perfectamente comunicado con los objetivos comerciales que los genoveses buscaban: el norte y centro de África. Los antifaces, las caretas, las serpentinas, los papelillos (confeti) son otros tantos elementos que se asimilaron del carnaval italiano.
Las primeras referencias documentadas a la celebración del carnaval que conocemos hasta ahora, se encuentran en la obra del historiador gaditano Agustín de Horozco. En dos obras que datan de finales del , Horozco expone que en tiempos de carnaval, las gaditanas arrancaban las flores de las macetas para lanzárselas unos a otros a modo de broma. Otros documentos donde queda constancia de la celebración de los carnavales son las Constituciones Sinodales de 1591 y los Estatutos del Seminario de Cádiz en 1596. Ambas contienen indicaciones para que los religiosos no participaran de las fiestas a forma que lo hacían los seglares. Estas referencias sobre el Carnaval confirman que, ya a finales del , las fiestas debían tener gran arraigo entre los gaditanos.
Del también existen referencias: un documento de 1636 reconoce la impotencia del poder civil ante la celebración popular y una carta del General Mencos fechada en Cádiz a 7 de febrero de 1652 se queja de que los trabajadores gaditanos se negaban a reparar su barco por estar en Carnestolendas. También se tiene constancia de los hechos acontecidos en 1678, año en el que se acusó al clérigo Nicolás Aznar de mantener relaciones adúlteras con una tal Antonia Gil Morena, a la que había conocido durante los carnavales.
A partir del se reiteran frecuentemente las órdenes intentando desterrar el Carnaval. En 1716 se prohibieron los bailes de máscaras por orden de la Corona, prohibiciones que se repitieron a lo largo de todo este siglo. A pesar de todo, existen testimonios que pueden confirmar que el desacato de las órdenes era bastante notable. En el carnaval de 1776 se cometieron excesos en el convento de Santa María y en el de Nuestra Señora de la Candelaria, lo que provocó escándalos en la ciudad. Este mismo año visita la ciudad el viajero británico Henry Swinburne, que dejó testimonio sobre las celebraciones carnavalescas de los gaditanos.
miniatura|Cartel del carnaval de 1898
Los carnavales continuaron en este siglo y se celebraron incluso durante el asedio francés y el reinado de Fernando VII. Otro de los intentos de prohibir los carnavales fue el bando municipal del 20 de febrero de 1816 en el que se prohíbe de manera total la celebración de las fiestas carnavalescas, pero esta medida no tuvo ningún éxito.
La primera agrupación de la madre de fragas de la que se tiene constancia es Cuadrilla de gallegos, que data del año 1821. Durante aquel año el gobernador de Cádiz, Cayetano Valdés, dio el visto bueno para la celebración de un máximo de seis bailes públicos de disfraces y máscaras. Estos bailes fueron regidos por un estricto reglamento para evitar los excesos. Este carnaval tuvo que ser uno de los mejores de la época, porque no se produjeron disturbios.
El bando municipal 30 de enero de 1833, bando a cargo del gobernador José Manso, también especificaba las restricciones y como novedad aquello que estaba permitido. El bando del 4 de febrero de 1834, por Pedro Nolasco, recuerda a bandos anteriores, pero destaca la no prohibición de las máscaras.
De mediados de este siglo proviene la costumbre gaditana de pedir alguna invitación o monedas por parte de las agrupaciones tras cantar sus coplas. En 1861 el alcalde Juan Valverde ordena que se dote con una partida de 30 000 reales de vellón con el fin de iniciar una reforma en el carnaval. Esta tutela por parte del ayuntamiento continúa hasta nuestros días. El objetivo de esta era erradicar las malas costumbres que daban una mala imagen de la ciudad y de los gaditanos. Los bandos siguieron recordando, año tras año, a los ciudadanos las diferentes normas de comportamiento.
En 1884, el alcalde Eduardo Genovés Puig, publicó un edicto en el que volvería a repetir las restricciones ya conocidas, y añadió la obligación de las agrupaciones participantes en los carnavales a presentar previamente las coplas que cantarían durante las fiestas. Las agrupaciones conseguían así una licencia para poder salir por las calles y solo interpretarían aquellas que fueran autorizadas, es el primer antecedente de censura en el carnaval de Cádiz. Gracias a esta decisión del ayuntamiento, desde este año se conocen los nombres de las agrupaciones, el número de componentes y sobre todo se conservan las letras de las coplas.
Es en esta época cuando Cádiz influye sobremanera en otro carnaval andaluz, el de Isla Cristina, gracias a los intereses comerciales mutuos en el negocio conservero, por los que empresarios isleños crean colonias comerciales en la costa de Cádiz y ésta da su impronta cultural al carnaval de Isla Cristina.
Los coros alcanzan su primera madurez a finales del y principios del , con la participación de Antonio Rodríguez Martínez, el tío de la tiza. Sus coros más recordados son Los claveles (1896) y Los anticuarios (1905). De este último es recordado el tango de los duros antiguos que es hoy día el himno oficioso del carnaval de Cádiz.
El periodo entre 1920 y 1936 es el de madurez de las agrupaciones. En este podemos situar a Manuel López Cañamaque, autor más prolífico del carnaval junto a Agustín González, El Chimenea.
Los carnavales de 1936 fueron los últimos que se celebraron antes del comienzo de la Guerra Civil, porque esta comenzó el 18 de julio.
Durante la guerra, el 5 de febrero de 1937 se publica el boletín oficial del estado que dos días antes había firmado el gobernador general Luis Valdés, en el que se prohibía la celebración del carnaval. El 12 de enero, se publica una nueva orden manteniendo definitivamente la prohibición. En Cádiz, sin embargo, la prohibición no llegó a cumplirse ya que los nostálgicos de la fiesta la seguían celebrando a escondidas. La situación política del momento no era la más idónea dar mucha publicidad a lo que realizaban. Este paréntesis en el carnaval de Cádiz duraría hasta 1948.
Fiestas típicas gaditanas miniatura|Cartel del carnaval de 1906 miniatura|Cartel del carnaval de 1926
Paradójicamente, el Carnaval de Cádiz resucitó gracias al sufrimiento provocado por la explosión del depósito de minas de San Severiano, ocurrida en 1947. Vistió a Cádiz de luto y llevó la tristeza a la ciudad de la alegría. Tanto, que el gobernador civil, Carlos María Rodríguez de Valcárcel, pensó que había que levantar los ánimos. Los viejos carnavaleros le habían mostrado su deseo de volver a sacar un corito en alguna velada de verano. Y tras escuchar los tangos de los coros Piñata Gaditana grupo aglutinado por José Macías Retes y Los Chisperos, no encontró motivos para no permitir de nuevo la celebración de las fiestas. Así fue cómo se permitió, fuera del Carnaval, en las fiestas del verano, que aquellos coros de veteranos volvieran a cantar viejos tangos. Había garantías políticas. Entre los coristas figuraba Joaquín Fernández Garaboa, el Quini.
Y tanto levantaron los caídos ánimos de Cádiz los coristas con sus viejos tangos de Los Claveles, y tanto gustó el género a Rodríguez de Valcárcel, que el gobernador se las ingenió para recoger el sentir popular, apoyar la iniciativa municipal y conseguir que el gobierno de Madrid permitiera una resurrección del Carnaval según la ideología dominante. El espíritu de la ciudad se impuso de tal forma que fue disfrazando el propio Carnaval con el tipo ocasional de Fiestas Típicas Gaditanas. A los coros se les consentía salir, pero poco menos que en la estética de coros y danzas. Por supuesto que sin máscaras en la calle y sin disfraces en el pueblo, solo en las agrupaciones. En el dirigismo cultural de la época, fueron unas fiestas más del Ayuntamiento que del pueblo, que las insertó en una estética entre juegos florales y fiesta de la vendimia, con reina de las fiestas, que era siempre la hija de un ministro, y cabalgatas como las que don José León de Carranza, el gran impulsor, junto con el concejal Vicente del Moral, había visto en Niza.
Gracias a las Fiestas Típicas el Carnaval se salvó y vivió una de sus etapas de mayor esplendor. Paco Alba, fue el gran exponente de este período, que superó en calidad al Carnaval anterior a la guerra. Se produjo la universalización del Carnaval, con agrupaciones que gustaron a toda España e Hispanoamérica y entre las cuales sobre todo se recuerda a Los Beatles de Cádiz (Los escarabajos trillizos) de Enrique Villegas Vélez, que en Cádiz ganó el segundo premio de comparsas en 1965 tras Los hombres del mar de Paco Alba.
En 1967 se produjo el traslado de las fiestas al mes de mayo, organizando una auténtica feria, con casetas incluidas.