La guerra de la Independencia española fue un conflicto bélico que se dio entre 1808 y 1814, dentro del contexto de las guerras napoleónicas, que enfrentó a las potencias aliadas de España, Reino Unido y Portugal contra Napoleón Bonaparte, cuya pretensión era, tras las abdicaciones de Bayona, la de instalar en el trono español a su hermano, José Bonaparte, y constituir España como Estado satélite del Primer Imperio francés.

La guerra de la Independencia, también conocida en español como la francesada, guerra del Francés,«Bicentenario de la Guerra de la Independencia» Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Consultado el 8 de febrero de 2013. o guerra de los Seis Años entre otros, se solapa y se contiene en lo que en otros países se denomina la guerra peninsular, iniciada en 1807 al declarar Francia y España la guerra a Portugal, tradicional aliado del Reino Unido. Estos conceptos se usan muchas veces de forma intercambiable (sobre todo cuando la guerra franco-española se considera una parte intrínseca de la intervención napoleónica en la península). La guerra también tuvo un importante componente de guerra civil a nivel nacional entre «afrancesados» y patriotas. El conflicto se desarrolló en plena crisis del Antiguo Régimen y sobre un complejo trasfondo de profundos cambios sociales y políticos impulsados por el surgimiento de la identidad nacional española y la influencia en el campo de los «patriotas» de algunos de los ideales nacidos de la Ilustración y la Revolución francesa, paradójicamente difundidos por la élite de los «afrancesados». Con motivo del bicentenario de la guerra de la Independencia, Frigdiano Álvaro Durántez Prados puso en tela de juicio dicho nombre, ya que no se trata de un conflicto de carácter independentista, según el carácter que se le ha ido dando a estas conflagraciones, y propuso la denominación «guerra de 1808» o «guerra peninsular».

Según el historiador Pedro Rújula, la guerra de la Independencia forma parte de un ciclo de guerras, iniciado con la guerra de la Convención (1793-1795) y que culmina con la primera guerra carlista (1833-1840), que estaría «caracterizado por el choque entre revolución y contrarrevolución». Para movilizar a la población contra la invasión francesa se retomó «el viejo discurso utilizado con éxito para luchar contra la República. “Religión, Rey y Patria”, volvía a ser la divisa». De esa tríada, el rey (cautivo en Valençay tras las abdicaciones de Bayona) se convirtió en la pieza clave. Así lo consignó la Junta de Gobierno en la declaración de guerra: «No dejaremos las armas de la mano hasta que el emperador Napoleón I restituya a nuestro rey y señor Fernando VII».

Resumen

Según el Tratado de Fontainebleau de 27 de octubre de 1807, el primer ministro Manuel Godoy debía proveer, de cara a una invasión hispanofrancesa de Portugal, el apoyo logístico necesario al tránsito de las tropas imperiales. Bajo el mando del general Jean-Andoche Junot, las tropas francesas entraron en España el 18 de octubre de 1807, cruzando su territorio a toda marcha en otoño, y llegaron a la frontera con Portugal el 20 de noviembre. Sin embargo, los planes de Napoleón iban más allá, y sus tropas fueron tomando posiciones en importantes ciudades y plazas fuertes con objeto de derrocar a la dinastía de los Borbones y suplantarla por su propia dinastía, convencido de contar con el apoyo popular.

El resentimiento de la población por las exigencias de manutención y los desmanes de las tropas extranjeras, que dio lugar a numerosos incidentes y episodios de violencia, junto con la fuerte inestabilidad política surgida por la querella entre CarlosIV y su hijo y heredero FernandoVII, orquestada por los franceses, que se inició con el proceso de El Escorial y culminó con el motín de Aranjuez y el ascenso al poder de FernandoVII, precipitó los acontecimientos que desembocaron en los primeros levantamientos en el norte de España y el Dos de Mayo en la capital del Reino. La difusión de las noticias de la brutal represión, inmortalizada en las obras de Francisco de Goya, y de las abdicaciones de Bayona del 5 y 9 de mayo, que extendieron por la geografía española el llamamiento, iniciado en Móstoles, a enfrentarse a las tropas imperiales, decidieron la guerra por la vía de la presión popular a pesar de la actitud contraria de la Junta de Gobierno designada por FernandoVII.

La guerra se desarrolló en varias fases, en las que ambos bandos tomaron sucesivamente la iniciativa, y se destacó por el surgimiento del fenómeno guerrillero, que, junto con los ejércitos regulares aliados dirigidos por el duque de Wellington, provocó el desgaste progresivo de las fuerzas bonapartistas. El pueblo padeció los efectos de una guerra total, en la que tanto franceses como aliados se cebaron con la población y objetivos civiles, saqueando y pillando a gran escala y devastando, por ejemplo, la industria española, considerada una amenaza para sus respectivos intereses. Los primeros éxitos de las fuerzas españolas en la primavera y el verano de 1808, con la batalla del Bruch, la resistencia de Zaragoza y Valencia y, en particular, la sonada victoria de Bailén, lograda por un ejército exclusivamente español, provocaron la evacuación de Portugal y retirada francesa al norte del Ebro, seguida en el otoño de 1808 por la entrada de la Grande Armée, encabezada por el propio Napoleón, que culminó el máximo despliegue francés hasta mediados de 1812. La retirada de efectivos con destino a la campaña de Rusia fue aprovechada por los aliados para retomar la iniciativa a partir de su victoria en los Arapiles (22 de julio de 1812) y, contrarrestando la ofensiva francesa, avanzar a lo largo de 1813 hasta los Pirineos, derrotando a los franceses en las batallas de Vitoria (21 de junio) y San Marcial (31 de agosto). El Tratado de Valençay, de 11 de diciembre de 1813, restauró a FernandoVII y dejaba a España libre de la presencia extranjera, pero no evitó la invasión del territorio francés, siendo la batalla de Toulouse (10 de abril de 1814) el último enfrentamiento de la guerra. Refiriéndose a la guerra, Napoleón, en su exilio, dijo:

En el terreno socioeconómico, la guerra costó en España una pérdida neta de población de a habitantes, por causa directa de la violencia y las hambrunas de 1812, y que se añadió a la crisis arrastrada desde las epidemias de enfermedades y la hambruna de 1808, resultando en un balance de descenso demográfico de a personas, que afectó especialmente a Cataluña, Extremadura y Andalucía. A la alteración social y la destrucción de infraestructuras, industria y agricultura se sumó la bancarrota del Estado y la pérdida de una parte importante del patrimonio cultural.

A la devastación humana y material se sumó la debilidad internacional del país, privado de su poderío naval y excluido de los grandes temas tratados en el Congreso de Viena, donde se dibujó el posterior panorama geopolítico de Europa. Al otro lado del Atlántico, los virreinatos de América obtendrían su independencia tras la guerras de independencia hispanoamericanas. En el plano político interno, el conflicto fraguó la identidad nacional española y abrió las puertas al constitucionalismo, concretado en las primeras constituciones del país, el Estatuto de Bayona y la Constitución de Cádiz. Sin embargo, también dio inicio a una era de guerras civiles entre los partidarios del realismo y los del liberalismo, llamadas guerras carlistas, que se extenderían a todo el y que marcarían el devenir del país.

Antecedentes: política exterior y crisis de la monarquía española (1800-1808)

Alianza hispanofrancesa y guerras contra Gran Bretaña El Tratado de San Ildefonso de 1796, firmado entre la Convención Nacional francesa y Carlos IV de España, representado por el favorito y primer ministro Manuel Godoy, así como el Tratado de Aranjuez de 1801 con el Consulado de Napoleón Bonaparte, restablecieron la alianza tradicional que desde la proclamación de Felipe V de España había regido las relaciones entre la Corona española y la de Francia, llevándolas durante el , en la disputa de intereses económicos y coloniales, a una serie de sucesivos enfrentamientos armados con el Imperio británico.

En mayo de 1801, cuando Napoleón decidió forzar la neutralidad de Portugal, que se resistía a romper como aliado de la Corona británica, el Ejército español intervino en Portugal, provocando la efímera guerra de las Naranjas, que puso de manifiesto la falta de resolución de la Corte española, aunque esta supo aprovechar la ocasión para capturar la plaza de Olivenza. Supuso el inicio de un conflicto entre ambos países por la soberanía de esta hasta la actualidad. Desde 1803, España ayudó económicamente y puso a disposición su Armada para la guerra naval contra los británicos, que culminaría en octubre de 1805 en la batalla de Trafalgar.

La gravedad de la derrota de Trafalgar no tuvo las mismas repercusiones en España y Francia. Napoleón, proclamado ya en 1804 Empereur des Français, hubo de renunciar entonces a la invasión inmediata por vía marítima de Gran Bretaña, pero pudo equilibrar su posición con los triunfos militares sucesivos en Austerlitz, el 2 de diciembre de 1805 y de Jena, el 14 de octubre de 1806, alcanzando acuerdos de paz con austriacos, rusos y prusianos. Sin embargo, en España, la destrucción de una parte importante de su Armada agravó la crisis económica al no permitir las comunicaciones con las colonias americanas, en tanto que aumentaba el recelo hacia la política de alianza.

El Bloqueo Continental El fracaso de las negociaciones con el gobierno británico del primer ministro lord Grenville indujo a Napoleón a relanzar con el Decreto de Berlín del 21 de noviembre de 1806 el enfrentamiento directo con los británicos mediante la práctica de la «guerra económica total» del Bloqueo Continental, que ya se venía aplicando de facto tras el aumento de las tasas aduaneras, el cierre de los puertos del norte de Francia y de las desembocaduras del Elba y el Weser en la primavera de 1806.

La política del bloqueo orientó el interés de Napoleón hacia la península ibérica y el Mediterráneo occidental, incrementando la presión sobre la Corte de Portugal, a la que se le advirtió para que adoptase medidas para el cierre al comercio con los británicos desde sus puertos, así como la confiscación de los bienes y bloqueo de los residentes en el país. Ante la inacción portuguesa, en agosto de 1807 Napoleón encargó a Jean-Andoche Junot la organización en Bayona del Cuerpo de Observación de la Gironda, con una fuerza de unos 30 000 soldados, y retomando la fórmula de 1801 para forzar a aceptar el bloqueo a los portugueses, reclamó el apoyo de la Corte española que, con este fin, envió a través del conde de Campo de Alange un ultimátum al Gobierno portugués el 12 de agosto de 1807. A partir del 25 de septiembre de 1807 los portugueses expulsaron a los navíos británicos, pero, anteriormente notificados de que el Gobierno británico no permitiría ningún acto hostil contra sus ciudadanos en Portugal, no se realizó ninguna acción en este sentido.

El 18 de octubre de 1807, Junot atraviesa la frontera y pocos días después, el 27 de octubre, el representante de Godoy firma el Tratado de Fontainebleau, en el que se estipula la invasión militar conjunta, la cesión a la corona de los nuevos reinos de Lusitania y Algarves, así como el reparto de las colonias.Tratado de Fontainebleau en Historia del levantamiento, Guerra y Revolución de España, de José María Queipo de Llano, París, 1838.

Crisis de la Monarquía española: Motín de Aranjuez y Abdicaciones de Bayona

Según un testigo presencial, André-François Miot de Mélito, el 3 de diciembre de 1807 Napoleón le ofreció a su hermano José el trono de España en una entrevista que tuvo con él en Venecia.