La antroponimia (del griego ático ἄνθρωπος [ánthrōpos] ‘ser humano’, ‘persona’ y del dórico y eólico ὄνυμα [ónyma] ‘nombre’ más el sufijo -ια [-ia] ‘cualidad’, ‘relación’) u onomástica antropológica es la rama de la onomástica que estudia el origen y significado de los nombres propios de personas, incluidos los apellidos. Por su parte, el término onomástica proviene del griego clásico ὀνομαστική (onomastikḗ) y se traduciría como ‘el arte de nombrar’.

Introducción El ser humano (y algunos animales, como los delfines) siente la necesidad de identificarse con un elemento designador concreto: un antropónimo o nombre propio. Este hecho parece universal a casi todas las culturas humanas, aunque se registran algunas donde entre los miembros familiares no se usan nombres propios sino nombres comunes de parentesco como hijo / -a, padre / madre, etc.

Estructura de los antropónimos En las sociedades preestatales el antropónimo está formado por un único nombre propio, muchas veces con algún significado descriptivo o simbólico. En las sociedades sedentarias, con jerarquización y gran número de individuos con frecuencia el antropónimo de las personas consta de al menos un nombre de pila, propio del individuo y algún tipo de nombre familiar. Así el nombre familiar puede servir para que los descendientes de miembros influyentes de la sociedad conserven el prestigio o poder de la familia a través del uso del nombre. O bien como sucede en muchas sociedades modernas, la combinación de un nombre de pila y un nombre familiar resuelve el problema de la existencia de un número de antropónimos limitado, y evita la confusión de que dos individuos tengan el mismo antropónimo.

Origen de los antropónimos Aunque la inmensa mayoría de los antropónimos derivan históricamente de nombres comunes, en muchas sociedades el significado original del antropónimo ha dejado de ser transparente y es desconocido. Así, en la mayoría de las sociedades occidentales, el nombre es solo una designación que no tiene ningún significado particular y cuyo origen histórico solo se conoce mediante el estudio etimológico. Por otra parte, en muchas de las sociedades conocidas, la mayoría de los antropónimos tienen origen en un nombre o un significado reconocible, ya que en esas sociedades la posesión de cierto nombre se da por razones simbólicas importantes para el grupo.

Lingüística histórica La etimología onomástica o estudio del origen histórico de los nombres de persona frecuentemente es de interés en los estudios de cambios sociales, migraciones e interacción entre sociedades diferentes. Así, la presencia de ciertos antropónimos originarios de la lengua A entre los hablantes de la lengua B, puede indicar tanto la incorporación de personas de un grupo lingüístico en otro, como la influencia de un grupo cultural sobre otro. Por ejemplo, en español la presencia de nombres hebreos se debe a la influencia de la religión judeocristiana en los hablantes de latín que dieron origen al español. Por otra parte la presencia de nombres germanos en español se debió originalmente a la incorporación de personas de origen visigótico a las poblaciones hispanorromanas de la península ibérica. En otras ocasiones, cuando los antropónimos incorporados a una lengua procedente de otra son pocos o aislados, puede deberse a una moda cultural o a factores históricos más o menos accidentales.

Antroponimia occidental Según el primer libro de la Biblia, el Génesis, el nombre del primer ser humano es Adán, que significa: Hombre Terrestre; Humanidad. Proviene de una raíz hebrea que significa: “rojo”.Perspicacia para comprender las Escrituras Tomo I. La costumbre en esta cultura era llamar al recién nacido con lo que decía el padre cuando lo veía por primera vez. Tras la Haskalá o Ilustración judía se impuso la costumbre de poner siempre un nombre doble, el primero secular y el otro hebreo para fines religiosos, como una manera de mantener viva la tradición y asegurar la conexión del judío con sus raíces; por ejemplo, Florence Ruth Louchheim.

Los romanos (véase nombre romano) componían su designación con cinco elementos en este orden: praenomen, nomen gentile o gentilicium (nombre de la gens o clan: familias unidas por un solo antepasado), patronímico (en genitivo seguido de filius), indicación de tribu y cognomen (mote o sobrenombre, por lo general asociado a alguna marca física: Cicero, "verruga"; Cesar, "peludo"; Tacitus, "mudo"; Flaccus, "flojo"). Se solía abreviar omitiendo el patronímico en solo tres praenomen, nomen, cognomen: Marco Tulio Cicerón, Cayo Julio César. Si era celebrado por alguna hazaña militar, se le agregaba el agnomen: Publio Cornelio Escipión el Africano; Publio Cornelio Escipión el Numantino. Contaban con tan pocos praenomina o nombres propios de pila (dieciocho, muchos de ellos exclusivos de un clan) que cuando se les acababan daban a sus hijos nombres de números: Quintus, Sextus, Septimius, Octavius, Nonius, Decius, etcétera, algo propio de un espíritu práctico como el que se les atribuye. Salvo en esto, la onomástica latina y la griega es más o menos la misma, si bien en Grecia abundan los nombres compuestos y se acostumbra una mayor flexibilidad: desde la época micénica y hasta la helenística, solo son obligatorios el nombre y el patronímico, expresado por medio de un adjetivo (así, en micénico, en Homero y en los dialectos eolios) o del genitivo del nombre del padre. Los nombres míticos, de antiguos héroes o celebridades, se reservaban a los esclavos o a las clases humildes.

El cristianismo extendió la costumbre de usar nombres hebreos bíblicos, litúrgicos y de virtudes morales, y de utilizar una ceremonia específica para imponer los mismos, denominada bautismo; los pueblos celtas y germánicos por el contrario señalaron en sus nombres las virtudes relacionadas con el mérito guerrero y extendieron este tipo de nombres por Europa durante las invasiones bárbaras del . El Concilio de Trento () consagró la costumbre de adoptar nombres de santos de la Iglesia católica, con lo que se redujo mucho la riqueza en el surtido de los nombres y se extinguieron muchos que eran muy antiguos en español (Lope, Aldonza, Nuño, Munia, Elo, Garci, Galindo, Godina, Tello, Fortún y su variante Ordoño, Yago, Sancho, Suero, Munio, Gutierre, Oneca, Toda, Ava, Constanza, Mafalda, Mendo, Mengo, Moriel, Cardiel, Elfa, Brianda, Violante, Mencía, Urraca, Lambra, Fadrique, Amicia y otros muchos más).Arsenio Escolar, op. cit., cita además Muniadona, Fronilde, Aznar, Velasquita, Orbita, Munia, Andregoto, Trígida, Vellido, Ermesinda, Ágata, Constanza, Zaida, Placencia, Favila, Fruela, Adosinda, Vimarano, Gaudiosa, Abolmondar, Aldonza, Armentero, Ansuro, Arnaldo, Arpidio, Arroncio, Asur, Atilio, Auria, Biato, Cardiel, Cíxila, Cresconio, Ebón, Eldonza, Elo, Enderquina, Ermegildo, Ermengarda, Esidero, Fabone, Godina, Gomel, Goto, Gudesteo, Guntroda, Ildaria, Iszán, Kíntila, Lebrín, Leodegundia, Lifardo, Moriel, Orenis, Orobio, Placia, Presenzo, Rapinato, Sendino, Simondo, Sona, Teoda, Tote, Ute, Vela, Velita, Vítulo, Zalama Se hicieron entonces comunes los nombres de advocaciones regionales de la Virgen María: Pilar, Rocío, Montserrat, Macarena, Candelaria, Begoña, Guadalupe, Loreto, Almudena, Aránzazu, Covadonga, Fuencisla, Blanca, África, Nieves, Prado... y de dogmas, sacramentos y estampas religiosas: Inmaculada, Concepción, Rosario, Ascensión, Dolores, Esperanza, Encarnación, Consuelo, Ángeles, Mercedes, Virtudes, Gloria, Pastora, Remedios, Socorro... También se extendieron nombres griegos, a veces deformados hasta lo irreconocible (Ñuflo, que proviene del griego Onófre / Ὀνούφριος, del egipcio Wnn-nfr, que significa «el que es continuamente bueno"). Hasta el Concilio de Trento también utilizaban las gentes del Medioevo castellano aplicaciones onomásticas diversas de carácter elogioso, como Lozano, Valiente, o de carácter afectivo como Tierno, Bello, Bueno, etc.; y fórmulas natalicias de buen augurio, como Buendía, Alegre, y alusivas a consagraciones a Dios o a hechos y fiestas de la liturgia católica, como Domingo, Diosdado, De Jesús, De Dios, que auspiciaban un deseo de que el hijo fuera ordenado secular o regular. Hasta fecha reciente eran raros, pero no extraños, nombres femeninos aplicados a varones si tenían matiz religioso. El antisemitismo de los cristianos desacreditó también nombres que poseían connotaciones hebraicas reconocibles, como Efrén (Ephraim) o Jacob. Perduraron sin embargo apellidos que denotaban ilegitimidad o bastardía: Expósito (del latín exposĭtus, "abandonado"), Tirado, Diosdado etc... Los anónimos niños abandonados eran un problema para los registradores civiles. Algunos de estos niños llevan el nombre de la ciudad donde fueron encontrados (apellido toponímico). Debido a que la mayoría fueron criados en orfanatos de iglesias, a algunos también se les dieron los apellidos Iglesia o Iglesias y Cruz. Blanco ("en blanco", en lugar de "blanco") era otra opción. Un primer apellido toponímico podría haber sido seguido por Iglesia-s o Cruz como segundo apellido. Desde 1921 la ley española permitió olvidar la infamia del apellido Expósito cambiando legalmente el apellido. En lengua catalana, el apellido Deulofeu ("Dios lo hizo") se daba a menudo a estos niños. Y en Aragón los niños abandonados recibirían el apellido Gracia o de Gracia, porque se pensaba que sobrevivían por la gracia de Dios. Pero estos apellidos suponían un baldón para los que los tenían; algún arzobispo piadoso, como el ilustrado Francisco Antonio Lorenzana, lo combatió dando su apellido a los expósitos en su archidiócesis.

En el ámbito hispánico, a causa de la inexistencia del concepto de nombre oficial, y salvo algunas costumbres a veces no seguidas como en el siglo XVI bautizar al segundo hijo varón de la familia con el apellido del abuelo materno, el orden de los apellidos fue fundamentalmente caótico hasta 1870, cuando se estableció la ley del Registro Civil y se estatuyó tener dos apellidos, el del padre primero y el de la madre después, algo que ya había establecido el cardenal Cisneros en 1501, pero solo en los registros parroquiales, pues la gente se cambiaba el apellido (usaban el del lugar donde vivían o un apodo) y así podían eludir la prohibición del matrimonio entre primos o hermanos, ocultar un origen plebeyo, deshonroso o criminal, o evadir impuestos. Asimismo, era una costumbre a veces no seguida que no se perdiera al casarse el de soltera de la mujer (salvo algunas excepciones en Cataluña) la cual, sin embargo, podía añadir al casarse el del marido con la preposición "de"). Sin embargo, desde 1999, en España, los padres pueden cambiar el orden de los apellidos si así lo desean.