El pleito que puso al diablo el cura de Madrilejos, también conocida como El cura de Madridejos, es una comedia del teatro barroco español escrita por Luis Vélez de Guevara, Francisco de Rojas Zorrilla y Antonio Mira de Amescua en una fecha aproximada entre 1629 y 1632. El tema central de la obra es el proceso de exorcismo que Juan García, cura de Madridejos, llevó a cabo para salvar a Catalina Díaz, la Rojela, entre marzo y abril de 1604. miniaturadeimagen|Edición de 1653 impresa en Lisboa

Contexto histórico

Datación No hay consenso sobre la datación de la obra. Emilio Cotarelo sostiene que fue escrita en 1639 o 1640 por una referencia a que ya no se usaban copetes (unos adornos capilares prohibidos en 1639). No obstante, en obras posteriores, como en El diablo cojuelo, los copetes siguen apareciendo. Otros autores, como Francisco José Sánchez y Álvaro Ibáñez Chacón, consideran que la obra no pudo haberse escrito antes de 1638 y Luis González sitúa su fecha de redacción hacia mediados de la década de 1630. Unas referencias textuales a La vida es sueño, que se había escrito entre 1627 y 1629, ayudan a situar la escritura de la obra en torno a 1629 y 1632. A ello se le suma un dato biográfico de Mira de Amescua, que en 1632 se retiró a su Guadix natal, donde murió en 1644, sin haber regresado nunca a Madrid. Por ello, no puede suponerse que la obra fuera posterior a 1632.

Hechos reales Catalina Díaz, la Rojela, una mujer de unos cuarenta años natural de Tembleque, acude ante Juan García, cura de Madridejos, muy conocido por su experiencia en la labor exorcista. Catalina había dado muestra, desde su niñez, de desequilibrios mentales (posiblemente se tratase de algún tipo de trastorno bipolar) que se acabaron convirtiendo en locura. Su familia, desesperada, decide mandarla junto a su hermana María a Madridejos. Allí, al día siguiente, Juan García logra que Catalina confiese y reconozca que, en efecto, está endemoniada. Comienza así el pleito (llamado así porque el cura someterá a juicio, durante doce horas diarias, a los demonios que atormentan el alma de Catalina), que se alargará hasta abril, y en el que Barrabás afirma, a través de la boca de Catalina, que «por no estar bien bauptizada la dha. Catalina Díaz había entrado él y otros demonios». Durante los interrogatorios a los que somete Juan García a Catalina, determina que 40 demonios afligen su alma. Se enumeran nombres como Asmodeo, Satanás, Barrabás o Belcebú, además de otros casi cómicos, como Sordillo, Dragón, Piernas Gordas, Uñas Largas o Pies de Cabra De hecho, los propios Asmodeo y Satanás firmaron, no se sabe si en mano de la endemoniada, (era analfabeta), en el manuscrito donde se narra el exorcismo de la Rojela. La intervención de Juan García se alargó hasta el 18 de abril de 1604, día en que fray Pedro Gómez, comendador de la encomienda de San Juan, bautiza a Catalina (a partir de entonces, se llamaría Catalina de San Salvador) en la parroquia de San Salvador de Madridejos, momento en el que aparecen 45 legiones de demonios de 6.666 demonios cada una. Catalina, sin embargo, acabó encerrada como clarisa en un convento y nunca más se supo de ella.

Estos hechos, que contaron con multitud de testigos en Madridejos, se difundieron rápidamente por los pueblos de la zona e incluso se escribieron unas coplillas, aunque se perdieron. La historia sirvió como base para la comedia El pleito que puso al diablo el cura de Madrilejos, de Vélez de Guevara, Rojas Zorrilla y Mira de Amescua. Aparte de la anterior obra, se escribieron multitud de relaciones manuscritas, algunas incluso en el , que daban cuenta del suceso, como Relación y autos del pleito que el cura de Madrilexos tubo con el Demonio sobre que este saliese del cuerpo de una criatura. Se trata de un manuscrito del copiado de uno original del siglo anterior y que se redactó para el Marqués de Montealegre y Quintana. Actualmente, se conserva en la biblioteca Bartolomé March, en Palma de Mallorca.

Argumento Cada uno de los escritores de El pleito que puso al diablo el cura de Madrilejos escribió uno de los tres actos o jornadas que componen la obra.

Jornada primera (Luis Vélez de Guevara) La obra comienza con una procesión de Semana Santa que avanza hacia la iglesia de Tembleque. Entre los participantes se encuentra Mateo Lorenzo, un labrador enamorado de una melancólica mujer del pueblo: Catalina la Rojela. Sin embargo, mientras la comitiva se dirige a la iglesia, ella es incapaz de traspasar sus puertas. Desconcertada, no sabe qué le ocurre e intenta hallar alivio mediante la oración, aunque sin éxito. Pronto se revela que la mujer se encuentra bajo una misteriosa posesión que le otorga facultades sobrenaturales, las cuales le permiten lanzar por los aires a su pretendiente y elevarse a ella misma.

Jornada segunda (Francisco de Rojas Zorrilla) Después de haber llegado volando, Catalina se encuentra en lo alto de un monte, dispuesta a despeñarse y quitarse la vida. No obstante, tiene un encuentro con el cura  que la aflige y tras el que cae desmayada. Algunos vecinos del pueblo creen que ha muerto y se la llevan a Madridejos, donde incluso llega a ser enterrada. Será Mateo Lorenzo, su pretendiente, quien acuda a liberarla tras su aparente «resurrección», momento en el que Catalina reaparece cubierta de sangre. Esta parte de la obra gira, especialmente, en torno a la psique de Catalina. Muestra sus pesares, sus angustias, sus desesperaciones, sus cambios constantes de humor…

Jornada tercera (Antonio Mira de Amescua) Catalina intenta acabar con la vida del cura, personaje que adquiere un papel central en esta tercera jornada. Tras este episodio, el cura, que ya había descubierto lo que le pasaba a Catalina, lanza un pleito contra los innumerables demonios que la habían poseído. Durante este proceso judicial, los demonios utilizan el cuerpo de Catalina para revelar que su mal deriva de un bautizo mal ejecutado en su niñez. Finalmente, el cura pone fin a este exorcismo mediante un nuevo bautismo, liberando así a Catalina, que se entregará plenamente a Dios. La obra concluye en consecuencia con el título: «Y en esto queda concluso el pleito que puse al diablo».

Personajes

Catalina la Rojela:  Es el personaje central de la obra. Es una mujer angustiada y con constantes cambios de humor, derivados de una posesión demoniaca. Tras ser liberada, se entregará a Dios. Juan García Fernández: Es el cura que realiza el exorcismo y libera a Catalina de los demonios tras darse cuenta de su verdadero problema. Mateo Lorenzo: Es un labrador que está enamorado de Catalina. Tratará de ayudarla y desconoce que ella lo rechaza. Tembleque: Es el sacristán y adopta el papel de gracioso en la obra. Sus intervenciones tienen como objetivo hacer reír al espectador. Está enamorado de Marina, a quien a veces se dirige obscenamente. Terminan manteniendo una relación ilícita. Marina: Es la criada de Catalina y forma con Tembleque la pareja graciosa de la obra. Cuando le conviene cambia de amo y se va a servir al sacerdote. El alcalde: Es el enemigo de Catalina y está convencido de que es una hechicera o una bruja, por lo que debe ser juzgada por la Inquisición. El comendador: Se llama don Juan de Guevara. Está enamorado secretamente de María, la hermana de Catalina, por lo que intentará defenderla frente al alcalde. María Sánchez: Es la hermana de Catalina y su principal confidente. El escribano: Es un personaje que tiene un papel instrumental. Servirá para realizar ciertas acciones necesarias para el desarrollo de la obra, como la citación al juicio de la protagonista.

Género La obra incluye grandes efectos escenográficos y un uso continuado de tramoya, por lo que se reconoce como una comedia de magia. Este subgénero dramático del Barroco se caracteriza por valerse de excesos muy espectaculares para satisfacer al público y era muy habitual en las comedias de santos. La obra se distingue de otras de su género por la temática inédita del exorcismo, que permitió representar a personajes volando influenciados por los poderes malignos.

Temas y estilo La comedia está dividida en tres jornadas escritas cada una por un dramaturgo diferente. Durante la lectura, se aprecian las diferencias en la técnica dramática y el estilo de cada uno de ellos, así como el proceso de escritura colaborativa. Los elementos unificadores son los personajes y el tema central de la posesión y el exorcismo de Catalina la Rojela.

La primera jornada, la de Vélez, se asemeja a una comedia de comendadores, con mucha presencia espectacular de la tramoya y la adición de elementos propios del entremés embebidos en el drama. La segunda jornada, de Rojas, es muy lírica y se distingue por la introspección psicológica de los personajes, por ejemplo, en los monólogos de la embrujada. La tercera jornada, de Mira de Amescua, muestra el rigor eclesiástico esperado de un teólogo; se asemeja a una comedia religiosa o auto sacramental, que resuelve el pleito entre cura y demonio con la superioridad de la Iglesia y la ortodoxia más pura. 

Como consecuencia de la escritura colaborativa, los dramaturgos toman como base los mismos hechos históricos, pero cada uno selecciona lo que más le interesa tratar para su finalidad dramática. Los dramaturgos introducen a estos hechos históricos tretas secundarias, a modo de enredo, como la que trazan el sacristán de Tembleque con Marina, una criada deslenguada, o el asedio amoroso del Comendador con la hermana de Rojela. Sin embargo, no hay una unidad entre los intereses de cada dramaturgo, por lo que algunos enredos pierden importancia en otras jornadas e incluso se producen cambios en los nombres de los personajes.

Recepción y censura El pleito que puso al diablo el cura de Madrilejos, también conocida como El cura de Madridejos, fue muy aclamada por el público desde su estreno hasta comienzos del . Esta comedia supuso un gran impacto por su espectacularidad; en ella se combinaba lo aterrador con lo cómico, lo maravilloso con lo grotesco, y reflejaba perfectamente la sociedad de la época, cuya mentalidad estaba marcada por la creencia de lo sobrenatural, las brujas, los milagros y la aparición cotidiana de demonios y ángeles. En un contexto cultural en el que se yuxtaponía lo religioso y lo mágico (y no solo entre las clases populares, sino en todos los estamentos sociales), la obra estaba destinada a ser un gran éxito.

Sin embargo, aunque hubo una gran acogida por parte de los espectadores, los censores no vieron la obra con buenos ojos. Existen al menos dos censuras, cuyos dictámenes son independientes, que hoy en día se encuentran en el Archivo Histórico Nacional; ambas son del , aunque fueron transmitidas en un manuscrito del XVIII. Se desconoce quiénes son los censores implicados en esta tarea. La comedia fue duramente criticada de principio a fin: ya desde la primera escena, donde se representa una procesión, los censores muestran su desagrado hacia la obra. Critican que el que lleve la cruz y el que guíe la marcha sea el personaje gracioso que destaca por su torpeza. Consideran que es una forma de desacreditar un rito eclesiástico: «Si la cruz la lleva el gracioso haciendo de sus gracias; si sale con ella para hacer un entremés de torpezas, ¿Será este triunfo de Cristo o del demonio?».

Ambos censores señalan y juzgan detalladamente numerosos pasajes de la comedia. Algunos de los aspectos que trataron fueron las burlas que se hacían en la obra sobre el Aleluya por bromear con que «cura los sabañones», las insinuaciones sobre la moral sexual de los curas o el cambio que se hizo de la letra del Padre Nuestro. Sin embargo, la que resultó especialmente grave para los censores y para la Iglesia fue la jornada tercera, donde se tiene lugar el pleito judicial entre el cura y el demonio, que es entendido como una burla de los exorcismos. El primer censor decide censurar enteramente la obra por el escándalo que supone este pasaje.