El vestido negro de Anita Ekberg (en italiano: vestito nero di Anita Ekberg) es un traje que la actriz lució en la película La dolce vita (1960).
Historia Contexto Nacida en Malmö, Ekberg ganó el certamen Miss Suecia en 1950, lo que la llevó a competir por el título de Miss Universo en 1951, cuando el concurso aún no era oficial; pese a no ganar, el hecho de convertirse en una de las seis finalistas le supuso obtener un contrato con Universal Pictures, recibiendo clases de interpretación así como lecciones de baile, dicción, equitación y esgrima. Tras aparecer brevemente en las películas Abbott and Costello Go to Mars (1953) y The Golden Blade (1953), Ekberg abandonó los estudios y empezó a ser conocida por sus romances con actores de la talla de Frank Sinatra, Tyrone Power, Yul Brynner, Rod Taylor y Errol Flynn, circunstancia que la llevaría a convertirse en una destacada pin-up y a figurar en revistas como Playboy. Poco después realizaría una firme incursión tanto en el cine como en la televisión al aparecer en pequeños papeles en Casablanca (1955) y Private Secretary (1953-1957), figurando poco después en Artistas y modelos (1955) y Loco por Anita (1956), lo que le valdría el apodo de «la Marilyn Monroe de Paramount». Con su carrera en ascenso, fue incluida en el reparto de Guerra y paz (1956), obteniendo casi simultáneamente su primer papel protagónico en Back from Eternity (1956). Tras los filmes Interpol (1957), Valerie (1957), Paris Holiday (1958) y The Screaming Mimi (1958), Ekberg participaría en Nel Segno di Roma (1959), obteniendo poco después, de la mano de Federico Fellini, el papel de Sylvia Rank en La dolce vita.
Creación thumb|Anita Ekberg en La dolce vita (1960). El atuendo de la imagen pasaría a ser conocido como el vestido «pretino». El vestuario del filme, obra de Piero Gherardi, hacía gala de una gran extravagancia del mismo modo que el guardarropa de las películas 8½ (1963) y Giulietta de los espíritus (1965), ambas dirigidas por Fellini. No obstante, para los trajes de La dolce vita el director tenía en mente reflejar la Italia contemporánea como si de un gran fresco se tratase; en palabras de Buenello Rondi: «La dolce vita se inspiró en la moda de los vestidos saco para mujer que poseían esa sensación de lujo que se desplegaba en forma de mariposa alrededor de un cuerpo que podía ser bello [físicamente] pero no moralmente; estos vestidos saco impactaron a Fellini porque hacían muy hermosa a una mujer que podía, en cambio, ser un esqueleto de miseria y soledad por dentro». En consonancia con la declaración de Rondi, el propio Fellini relató en una entrevista que «casi inmediatamente encontramos una clave que me pareció bien: moda saco, mujeres que parecen pájaros, mariposas, canguros, habitantes de un mundo irreal». Pese a que importantes diseñadoras y casas de moda de Roma como Fernanda Gattinoni y Sorelle Fontana fueron tenidas en cuenta por Fellini y Gherardi a la hora de elaborar el guardarropa y han sido señaladas como poderosos referentes para el vestuario de la película, todas las prendas fueron reinventadas por completo para ajustarse a los deseos del director, lo que sin embargo no ha evitado que varias fuentes asignen el vestido negro falsamente tanto a Gattinoni como a Sorelle Fontana, con algunos medios atribuyéndolo incluso a Valentino. A mayores, la ropa y los accesorios fueron empleados como tema figurativo fundamental: vestidos de noche y gafas negras usadas tanto de día como de noche, pijamas palazzo, bodis de encaje transparente, guantes largos hasta el codo, joyas llamativas, gafas y zapatos enjoyados, etc. Por su parte, las pieles fueron usadas como elemento representativo de sensualidad o estatus social, destacando el estampado de la capa blanca con la que Sylvia desembarca en Fiumicino y la estola que luce durante su escapada con Marcello Rubini; y la estola de visón americano que exhibe el personaje de Nadia cuando se desnuda, además de otras tantas pieles que llevan las burguesas adineradas, a menudo deliberadamente caricaturizadas, que abarrotan la Via Veneto y sus clubes.
No solo la moda tuvo influencia en el director a la hora de escoger el vestuario, sino que el mundo del arte tuvo un gran impacto gracias a que Fellini conoció, durante una proyección de Las noches de Cabiria (1957), a Pablo Picasso. Este encuentro tuvo un gran significado en el director, quien solía recrearse en la obra del pintor en momentos de incertidumbre artística, pues Picasso representaba para Fellini «la encarnación eterna del arquetipo de la creatividad como un fin en sí mismo, sin otro motivo, sin otro fin que sí mismo: irruptivo, indiscutible, gozoso». La revolución desatada a inicios del siglo con el cubismo ayudó a Fellini a trasladar la representación de la realidad hacia una descomposición de dicha realidad encaminada a múltiples facetas y perspectivas, buscando el director crear en La dolce vita un nuevo concepto de narrativa cinematográfica alejada del tradicional énfasis en el argumento y centrada en el apoyo a esa narrativa mediante la combinación de ritmo argumental y belleza visual. El vínculo de Picasso con el filme quedó patente en un dibujo que el pintor hizo de Ekberg en su papel de Sylvia; en esta caricatura la actriz figura luciendo un vestido modelado a partir de un hábito sacerdotal el cual queda completamente desvirtuado a causa del gran tamaño de los senos de Ekberg, aspecto que refleja a la perfección la estética que Fellini quería imprimir en la película. Cabe destacar que este atuendo, conocido como vestido «pretino» («pequeño sacerdote») y lucido por Ekberg en la escena en la que visita la Basílica de San Pedro, constituye una copia de un traje creado en 1956 para Ava Gardner por las hermanas Zoe, Micol y Giovanna Fontana, fundadoras de la firma Sorelle Fontana cuya fe católica les llevó a solicitar permiso a la autoridad eclesiástica para diseñar el atuendo, el cual pudieron elaborar gracias a la aprobación del Vaticano.
En general, el vestuario del filme, tanto el masculino como el femenino, se caracteriza por el uso de tonos blancos y negros con el fin de crear marcados contrastes; el guardarropa femenino se compone en su mayoría de atuendos de color negro, siendo Ekberg la única que ocasionalmente luce prendas blancas. El motivo de Gherardi para usar modelos binarios a la par que sencillos radicaba en que la película se hallaba muy recargada a nivel visual debido a la elevada presencia de detalles en los escenarios, por lo que pretendía reducir dicha carga visual mediante el diseño de prendas sencillas, lo que por otro lado contribuyó a la pesimista atmósfera del filme. El vestuario, de alta costura, fue creado siguiendo la moda difundida en revistas como Oggi y L'Europeo que el propio Fellini entregó a Gherardi para que se inspirase, lo que sin embargo despertó las quejas de Giuseppe Amato, productor del filme junto a Angelo Rizzoli. Fellini aseguró a Amato que el guardarropa era el mejor reflejo que la película podía ofrecer de la decadencia de Roma, siendo un ejemplo de ello el uso de gorgueras de raso, elemento que combinaba a la perfección la extravagancia con el mínimo sentido práctico, remarcando el coqueteo de la sociedad con la exuberancia al tiempo que se encaminaba a la autodestrucción. Para el diseño del vestido negro, Gherardi se inspiró en el atuendo que Rita Hayworth lució durante la canción «Put the Blame on Mame» en Gilda (1946), traje de Jean Louis influenciado a su vez por el cuadro Madame X (1883-1885), una polémica pintura de John Singer Sargent que en su momento escandalizó a la sociedad, si bien el traje de Ekberg está confeccionado en terciopelo a diferencia del de Hayworth, realizado en satén. A mayores, cabe la posibilidad de que Gherardi se viese influenciado por otro atuendo de Jean Louis lucido por Joan Crawford en Queen Bee (1955), pues al igual que el vestido negro de Ekberg, posee escote corazón y una sobrefalda a modo de cola.
Rodaje thumb|Anita Ekberg en 1958. Esta y otras imágenes, tomadas por Pierluigi Praturlon en la Fontana de Trevi, darían lugar a la escena más famosa de La dolce vita. El rodaje de las escenas en las que aparece el vestido negro tuvo lugar en, entre otros, las termas de Caracalla y la Fontana de Trevi. La secuencia del baño en la fuente, la más recordada de la película y una de las más míticas de la historia del cine, tuvo su origen en un anecdótico incidente ocurrido antes de que Ekberg fuese elegida para el papel de Sylvia. En agosto de 1958, la actriz, quien se encontraba caminando descalza por las calles de Roma mientras era seguida por el fotógrafo Pierluigi Praturlon, se hizo un corte en el pie y, con el fin de evitar una infección, se lavó la herida en la Fontana de Trevi. Debido al intenso calor estival, Ekberg decidió meterse en la fuente y deambular por la misma vestida con un traje de vichy blanco y rosa dotado de una amplia falda realzada con enaguas, invitando al fotógrafo a que hiciese lo mismo con las palabras «Pierluigi, come here!» («¡Pierluigi, ven aquí!»); poco después, cuando la actriz se encontraba en Londres, Fellini vio en la revista Tempo Illustrato las fotos de Ekberg en la fuente y se puso en contacto con ella, tras lo cual la contrató para la película. Tal y como recordó la actriz:
La versión de Praturlon, muy similar a la de Ekberg, difiere sin embargo en algunos detalles:
Respecto a la fecha del rodaje de la escena de la Fontana de Trevi, existe discrepancia: Fellini aseguró que las grabaciones se produjeron en marzo de 1959, mientras que Ekberg siempre defendió que la filmación había tenido lugar en enero, si bien varias instantáneas con fecha del 27 de marzo corroboran la versión del director. Independientemente de cuándo se llevó a cabo el rodaje de la secuencia, con una producción de siete días y cuya filmación duró una sola noche según Ekberg, las temperaturas eran bastante bajas (9 °C), lo que supuso un inconveniente para la actriz puesto que el vestido negro la dejaba expuesta al frío, aunque logró soportarlo durante horas a diferencia de Marcello Mastroianni, quien no pudo evitar padecer temblores. Para combatir las gélidas aguas, el actor llevaba un traje de neopreno por debajo de la ropa, si bien algunas fuentes señalan que solo utilizó un pijama, mientras que Ekberg se puso unas botas de pesca que le llegaban hasta las caderas para protegerse y poder desplazarse con mayor facilidad, aunque acabaría quejándose de que no podía sentir las piernas; en unas declaraciones décadas más tarde, la actriz recordaría aquel momento de manera muy poco halagadora: «Allí estuve esperando con un vestido de noche en el agua congelada, hacía un frío del carajo. Cuando acabó la escena, no sentía las piernas y tuvieron que sacarme en brazos». Mastroianni, incapaz de soportar las bajas temperaturas, injirió una botella entera de vodka para entrar en calor, lo que llevó al actor a rodar la escena completamente ebrio; de acuerdo con Ekberg:
Al problema de la borrachera de Mastroianni se sumó el exceso de espectadores que se detuvieron a contemplar el rodaje y, sobre todo, la suciedad del agua de la fuente. Fellini, disgustado por este contratiempo ya que afeaba la escena por completo, recibió la inesperada ayuda de un ejecutivo de Scandinavian Airlines System, quien durante una visita al set de rodaje suministró al equipo de producción un colorante de color verde que habitualmente se empleaba para efectuar marcas en el mar con el objetivo de facilitar la realización de aterrizajes de emergencia; tras aplicarse varios litros del producto en el agua de la fuente, la suciedad que antes se podía apreciar a través de la lente de la cámara desapareció por completo.
Controversia thumb|Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en La dolce vita (1960).