Se denomina Italia fascista, también conocida coloquialmente como el régimen mussoliniano, al período de la historia de Italia durante el cual el Reino de Italia fue gobernado por un régimen sustentado en la ideología del fascismo y encabezado por el dictador Benito Mussolini, fundador del fascismo y del Partido Nacional Fascista.
El fascismo surge tras la Primera Guerra Mundial, como reacción de ciertos grupos nacionalistas contra la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia y las luchas sindicales de trabajadores y braceros que culminaron en el biennio rosso (bienio rojo), y en parte como crítica respecto a la sociedad liberal-demócrata, que salió maltrecha de la experiencia de la Primera Guerra Mundial.
El nombre deriva de la palabra italiana fascio (en latín: «fascis»). En la Antigua Roma, esa palabra era usada como símbolo de la unión de los luchadores. El símbolo fascista es el fasces romano que significaba el poder del régimen, en particular el poder jurisdiccional. Su líder, Benito Mussolini, dictador de Italia, así lo describió:
Sustentos del fascismo
thumb|130px|El fascio littorio, símbolo del fascismo.
La Italia fascista exaltaba la idea de nación frente a la de individuo o clase; suprimía la discrepancia política en beneficio de un partido único y los localismos en beneficio del centralismo. Si bien el fascismo tuvo una base racial en Alemania, no fue así en Italia (al menos inicialmente, hasta 1938). Es importante remarcar la conexión del fascismo con movimientos intelectuales —artísticos como el futurismo y otras vanguardias y filosóficos, como el irracionalismo y el vitalismo— que supuso en realidad, más que una influencia por parte de estos, su utilización y manipulación, resultando atractiva —en mayor o menor medida, con mayor o menor grado de compromiso o simple contemporización, y a veces con evolución posterior en contra— para muchas personalidades destacadas: italianos como Gabrielle D'Annunzio, Filippo Tommaso Marinetti, Curzio Malaparte o Luigi Pirandello.Enric González, «La responsabilidad de los intelectuales. La ambigüedad italiana», en El País, 14 de octubre de 2006. Según la doctrina tercerposicionista, el fascismo no es de izquierda ni de derecha, ni capitalista ni comunista, ya que el fascismo sería una idea totalmente original; sin embargo en la práctica más que una idea original sería una fusión sincrética de varias ideas políticas —proyectos, discursos, etc.— aglutinadas siempre bajo el nacionalismo unitario y el autoritarismo centralista.Los mitos del fascismo, una breve clarificación del espectro político del fascismo
Una de las razones de considerar usualmente al fascismo como un movimiento de derecha política suele ser la alianza estratégica del fascismo con los intereses de las clases económicas más poderosas, junto a su defensa de valores tradicionales como el patriotismo o la religiosidad, para preservar el statu quo. Una vez alcanzado el poder, la plutocracia cooperó decididamente con el fascismo en sus diversas versiones, dada la protección que este brindó al capital privado bajo el amparo otorgado por la creación de fuertes monopolios empresariales. El fascismo operaba desde un punto de vista darwinista social de las relaciones humanas, con ideas cercanas al liberalismo económico. Su objetivo era promover a individuos superiores y eliminar a los débiles.De Grand (1995), p. 47 En términos de práctica económica, significó la promoción de los intereses de empresarios exitosos, a la par que destruyeron los sindicatos y otras organizaciones de la clase obrera.De Grand (1995), pp. 48-51 En definitiva, los teóricos marxistas tradicionalmente han acusado al fascismo de ser la última fase del capitalismo y la dictadura abierta de la burguesía.El filósofo y sociólogo Karl Polanyi, crítico de la economía ortodoxa, consideraba que el fascismo era el corolario del liberalismo y la «obsoleta mentalidad» de una economía de mercado autorregulada.
Por otra parte, se han esgrimido razones para considerar que el fascismo es anticapitalista, tiene conexiones doctrinales con la izquierda política y es una variante chovinista del socialismo de Estado. Estas razones son su programa económico colectivista (proteccionismo, nacionalización, etc.) y su discurso político. Sin embargo, como movimientos políticos, el fascismo y la izquierda eran antagónicos y competidores.En Los anticapitalistas de hoy en día están más cerca del fascismo de lo que creen, el economista promercado Fabrizio Ferrari sostiene: El fascismo y sus variantes apelaban al sentimiento popular y a las masas como las protagonistas del régimen, especialmente por la virilidad exaltada en el trabajo manual y obrero (obrerismo); a pesar de ello no reconocía la libertad de asociación por motivos de clase (libertad sindical) sino la identificación de los trabajadores como «súbditos» del Estado, «pueblo» y «patria», por ello su símil con el populismo.
Historia El nacimiento del fascismo A finales del existían en Italia algunas organizaciones denominadas fascio (traducible por haz, significando la fuerza de la unión), de la que la más importante era el Fasci Siciliani (fascio siciliano, 1895-1896). No eran muestra de una ideología uniforme, aunque predominaban los componentes nacionalistas y revolucionarios. Surgiendo del movimiento obrero, dividido al comienzo de la Primera Guerra Mundial entre el internacionalismo pacifista y el nacionalismo irredentista, se crearon el 1 de octubre de 1914 los Fasci d'Azione rivoluzionaria internazionalista en reivindicación de la entrada de Italia en el conflicto en contra de los Imperios Centrales. Fusionado con el Fasci autonomi d'azione rivoluzionaria se redenominó como Fasci d'azione rivoluzionaria, ya dirigido por Benito Mussolini, y conocido como Fascio de Milán. El 24 de enero de 1915 se formó una organización nacional.
Al terminar la Primera Guerra Mundial en noviembre de 1918, el Reino de Italia se hallaba en el grupo de los países vencedores, al aliarse desde 1915 con la Triple Entente en contra de las Potencias Centrales. Un elemento que influyó de forma decisiva entre los políticos italianos para intervenir en la contienda fue la oferta de Francia y el Reino Unido de otorgar a Italia territorios que serían desmembrados del Imperio austrohúngaro o del Imperio otomano, lo cual fue empleado en la propaganda belicista para sostener al apoyo a la guerra entre las masas del proletariado italiano. No obstante, la campaña bélica fue difícil y solo en los últimos meses del conflicto las fuerzas italianas obtuvieron un triunfo decisivo sobre el Imperio austrohúngaro en la batalla de Vittorio Veneto. De esta forma, al iniciarse la conferencia de paz de Versalles en 1919 el gobierno italiano, presidido por Vittorio Emanuele Orlando, no logró que sus antiguos aliados respetaran su acuerdo y otorgaran a Italia los territorios ofrecidos, alegando la menor fuerza económica y militar de Italia en relación con los otros vencedores. En 1919, terminada la guerra, las expectativas territoriales quedaron frustradas por el Tratado de Saint-Germain-en-Laye (el equivalente para Austria del Tratado de Versalles). El poeta Gabrielle D'Annunzio llevó a cabo una aventura militar que acabó en la creación del Estado libre de Fiume y la redacción de una constitución que puede entenderse como precedente inmediato del fascismo. Entretanto, con un país empobrecido y un gobierno débil, Mussolini refundaba la organización de Milán con el nombre de Fasci italiani di combattimento (Fasces Italianos de Combate), que empezaron a destacar por su lucha callejera contra huelguistas, izquierdistas y otros enemigos políticos y sociales. El temor ante una revolución similar a la rusa de las clases medias y la alta burguesía italiana vio en los fascistas de Mussolini la mejor arma para desarticular los movimientos obreros organizados. Entre las capas sociales más descontentas e influenciables por estas declaraciones emergieron las organizaciones de excombatientes, y en particular de ex arditi (tropas selectas de asalto), víctimas de la frustración generalizada pero también del resentimiento provocado por haber obtenido escaso reconocimiento a los sacrificios y la valentía demostrados en los duros años de combate.
El nuevo movimiento expresó la voluntad de «transformar, con métodos revolucionarios si es necesario, la vida italiana», autodefiniéndose «partido del orden» y consiguiendo de este modo ganarse la confianza de las capas de población más adineradas y conservadoras, contrarias a cualquier agitación y reivindicación sindical o de la clase obrera, confiando en los "fascios de combate" como fuerza de choque frente a las revueltas promovidas por socialistas y comunistas. El Programa de San Sepolcro fue difundido en junio de 1919 mediante el periódico de los fascios, el antiguo periódico prosocialista fundado por Mussolini en 1915 y llamado Il Popolo d'Italia.
Al recién nacido movimiento le faltaba sin embargo inicialmente una base ideológica bien definida, y el mismo Mussolini no se había decantado por una ideología concreta, sino simplemente contra todas las demás. Según su intención, el fascismo habría debido representar una «tercera posición», basada en el nacionalismo extremo, el culto a la violencia, el desprecio hacia la burguesía y la oposición frontal al marxismo, tanto en su variante socialista como comunista. Para esto Mussolini usó teorías filosóficas de Charles Maurras, Friedrich Nietzsche, Giovanni Gentile, entre otros, mezclando ideas y conceptos.
Los años del Escuadrismo (Squadrismo)
thumb|right|300px|Mussolini y camisas negras, en la "marcha sobre Roma" de octubre de 1922.
thumb|right|300px|La "Cámara del Trabajo" de Turín, oficina socialista incendiada por camisas negras, 19 de diciembre de 1922.
En el movimiento, además de voluntarios comunes, contribuyeron los futuristas y nacionalistas excombatientes, muy desencantados de la democracia y del liberalismo político, además de hostiles a los socialistas que, desde 1915 se habían opuesto a la participación de Italia en la guerra, y ahora atacaban en sus escritos a los veteranos de guerra. Apenas 20 días después de la fundación del fascismo, las novatas "escuadras de acción" asaltaron la sede del periódico socialista ¡Avanti! y destruyeron sus oficinas, y el estandarte del periódico fue llevado ante Mussolini, el cual lo conservó como trofeo. Unos meses después, las escuadras fascistas se difundieron por toda Italia convirtiendo el movimiento en una fuerza paramilitar.
Por un periodo de dos años Italia fue invadida de norte a sur por la violencia de los movimientos políticos revolucionarios socialistas que, ante el descontento popular surgido de la "victoria mutilada", planteaban tomar el poder mediante una revolución. No obstante, los socialistas italianos estaban enfrentados a los comunistas locales, que seguían la inspiración bolchevique y pretendían tan solo una "acumulación de fuerzas" sin pasar a la revuelta armada (la cual ya había fracasado en otros países, como sucedió con el Levantamiento Espartaquista en Alemania).
A estos dos grupos se enfrentaron entonces los fascistas, protagonizando luchas callejeras, saqueos, vandalismo y destrucción mutua de propiedades, mientras los gobiernos conservadores de Giovanni Giolitti e Ivanoe Bonomi eran incapaces de reaccionar tanto a las huelgas socialistas como a la ocupación de las fábricas por parte de los bolcheviques.