thumb|400px|Francisco Rizi, Auto de fe en la plaza Mayor de Madrid, 1683, óleo sobre lienzo, 277 x 438 cm, Madrid, Museo del Prado. El auto de fe era un acto público organizado por la Inquisición en el que los condenados por el tribunal abjuraban de sus pecados y mostraban su arrepentimiento —lo que hacía posible su reconciliación con la Iglesia católica—, para que sirviera de lección a todos los fieles que se habían congregado en la plaza pública o en la iglesia donde se celebraba (y a quienes se invitaba también a que proclamaran solemnemente su adhesión a la fe católica).

El mencionado era el sentido buscado del auto de fe, en el que los condenados a muerte por el tribunal eclesiástico —los relapsos (reincidentes)— eran relajados al brazo secular, es decir, entregados a la autoridad secular, que era la encargada de la ejecución de la sentencia de muerte, conduciendo a los reos al lugar donde iban a ser quemados —estrangulados previamente si eran penitentes, y quemados vivos si eran impenitentes, es decir, si no habían reconocido su herejía o no se arrepentían—.

El auto de fe que se realizaba discretamente en las dependencias de la Inquisición se llamaba autillo.

Finalidad

El propósito de los procesos de la Inquisición no era salvar el alma de los condenados sino garantizar el bien público «extirpando» la herejía. De ahí que la lectura de las sentencias y de las abjuraciones tuviera que hacerse públicamente «para edificación de todos y también para inspirar miedo», como señalaba el jurista Francisco Peña en 1578 en su comentario del Manual del Inquisidor de Nicholas Eymerich. Así pues, era imprescindible que el condenado afirmara ante el público congregado que había pecado y que se arrepentía, para que sirviera de lección a todos los que le escuchaban, y a quienes se invitaba también a que proclamaran solemnemente su fe. Esa era la finalidad del auto de fe.

Sin embargo, según Henry Kamen, «lo que comenzó como un acto religioso de penitencia y justicia acabó siendo una fiesta pública más o menos parecida a las corridas de toros o a los fuegos artificiales». «La gente acudía en tropel a verlos porque eran un espectáculo extraño, ajeno a su fe habitual, a sus prácticas religiosas, a la existencia cotidiana». A la popularidad de los autos de fe también contribuyó el prestigio que alcanzaron a partir de los autos de fe de 1559 porque asistió el rey —hasta entonces los reyes de la Monarquía Hispánica no habían participado, excepto en uno celebrado en Valencia en el que estuvo presente Carlos I—, y los cambios que introdujo la Inquisición a partir de esa fecha para aumentar su solemnidad y magnificencia con el fin de deslumbrar a los fieles.

Según el mismo Kamen, entre los extranjeros que visitaron España los autos de fe provocaron «asombro y repugnancia ante una práctica que era desconocida en el resto de Europa. El flamenco Jean Lhermite, quien asistió a un auto de fe en compañía de Felipe II, en Toledo en febrero de 1591, fue después a contemplar las ejecuciones, describiendo todo el asunto como un "espectáculo muy triste, desagradable de ver". No hay duda de que debía ser espantoso ver a clérigos presidiendo una ceremonia en la que se ejecutaba a los condenados, pero en realidad las ejecuciones públicas en otros países no diferían mucho de un auto de fe y, a veces, lo superaban en salvajismo».

Historia Los primeros autos de fe fueron obra de la inquisición pontificia medieval, bajo el nombre de Sermo Publicus o Sermo Generalis Fide -llamado así porque comenzaba con un sermón—, pero se realizaron solo en la región de Toulouse con motivo de la represión de la herejía cátara. thumb|izquierda|250px|Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán (c. 1500) de Pedro Berruguete (Museo del Prado. Según Joseph Pérez, «la composición (152x92 cm.) tiende a acentuar el dramatismo de la escena, puesto que el pintor representa la hoguera donde arden los condenados. Santo Domingo aparece de pie sobre una tribuna, rodeado de seis inquisidores, entre los que se encuentra un dominico y otro que lleva el estandarte del Santo Oficio; otros doce inquisidores completan el grupo; dos herejes... esperan su turno».

Siglo XV El primer auto de fe de la Inquisición española tuvo lugar en Sevilla el 6 de febrero de 1481, y en los primeros tiempos eran actos sobrios y austeros. «El público casi no asistía a los autos; en lugar de un elaborado ceremonial, había poco más que un simple rito religioso en el que se determinaban las penas para los herejes detenidos. La ceremonia ni siquiera se celebraba necesariamente en un día festivo, prueba de que no se contaba con la asistencia del público». Contamos con un relato del primer auto de fe celebrado en Toledo el domingo 12 de febrero de 1486, en el que se dice que 750 judeoconversos reconciliados salieron en procesión de la iglesia de San Pedro Mártir. «Con el gran frío que hazía, y la desonra y mengua que recebían por la gran gente que los mirava, porque vino mucha gente de las comarcas a los mirar, yvan dando muy grandes alaridos, y llorando algunos se mesavan; créense más por la desonra que recebían que no por la ofensa que a Dios hizieron». Cuando la procesión llegó a la «iglesia mayor» en la puerta «estavan dos capellanes, los quales fazían la señal de la cruz a cada uno en la frente, diziendo estas palabras: "Recibe la señal de la cruz, la qual negaste e mal engañado perdiste"». Dentro de la iglesia, «donde les dixeron misa y les predicaron», fueron llamados uno por uno leyéndose a continuación «todas las cosas en que avía judayzado». «E de que esto fue acabado, allí públicamente les dieron la penitencia».

Los sucesos de Córdoba

En septiembre de 1499, fray Diego de Deza nombró como inquisidor de Córdoba a Diego Rodríguez de Lucero. Desde entonces, Lucero comenzó una indiscriminada persecución de falsos cristianos que llevó a la condena a personas de todas las clases sociales. Esto le ganó la antipatía del pueblo, de la nobleza y varios enemigos en el ámbito eclesiástico, pero desde su posición de poder sembró un régimen de terror con multitudinarios autos de fe. Así, en febrero de 1501 se celebró un auto en el que se ejecutó a 81 personas, y en mayo de 1502 a otras 27. thumb|Salón de los Mosaicos del Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba (España), donde antiguamente se localizaba el tribunal de la Inquisición que Lucero dirigía. En diciembre de 1504 se celebró en las afueras de la ciudad uno de los más importantes autos de fe de la Inquisición, presidido por el temido inquisidor. Tras pasar por el tribunal 267 personas, fueron quemadas vivas 107,https://www.eldiadecordoba.es/cordoba/vecino-Encarnacion-presidio-Santo-Oficio_0_335666873.html en una enorme pira visible desde varios centenares de metros de distancia. Tal fue la magnitud del evento, que se considera posiblemente el mayor auto de fe que nunca hubo. Sus actos le valieron el sobrenombre de Lucero el Tenebroso o el inspirado por Lucifer.

Finalmente, el pueblo enfurecido por la situación y arropado por los nobles, asaltó la prisión del Santo Oficio, situada en el Alcázar de los Reyes Cristianos, el 9 de noviembre de 1506, donde liberaron a 400 presos que se encontraban hacinados en las mazmorras. Aunque la intención era linchar a Lucero, este fue alertado unos minutos antes y escapó por una puerta trasera, huyendo a Sevilla a lomos de una mula.

El malestar social generado por los Sucesos de Córdoba originó un escándalo social y político que dio lugar a la Congregación General de 1508 en Burgos, una magna asamblea del reino en la que exigieron responsabilidades a Lucero y a otros inquisidores por sus irregularidades en los autos de fe de Córdoba. La asamblea catalogó de falsos a los testigos, restituyó honores a vivos y muertos, liberó a presos, ordenó reconstruir las casas que habían sido destruidas tras haber sido consideradas sinagogas encubiertas y eliminó las sentencias de los registros. De esta forma, se sentó una base de rigurosidad y fundamentación más sólida para los autos de fe en las décadas siguientes.

A lo largo del siglo los autos de fe fueron ganando en solemnidad y duración. A su difusión contribuyó el cuadro de Pedro Berruguete Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán (c. 1500), que fue un encargo del inquisidor general Torquemada para el retablo del Convento de Santo Tomás de Ávila. Henry Kamen destaca que el cuadro es «totalmente inventado» y que es posible que sirviera de modelo para el nuevo ceremonial de los autos de fe establecido en las Instrucciones de 1561.

miniatura|250px|Auto de fe en Valladolid.

Dos de los actos de fe más célebres por su solemnidad fueron celebrados en la plaza Mayor de Valladolid los días 21 de mayo y 8 de octubre de 1559. En el primero de los dos fueron quemadas catorce personas, entre ellos Agustín y Francisco de Cazalla y Constanza de Vivero, y los huesos y estatua de otra más, y se reconciliaron dieciséis con penitencia. En el segundo, se quemó a trece personas, como Carlos de Seso, Marina de Guevara, Domingo de Rojas o Pedro de Cazalla y los huesos de otra, y hubo también otros dieciséis penitenciados. Seguramente estos dos actos históricos inspiraron a Miguel Delibes el descrito en su novela El hereje. Otra referencia literaria la encontramos en la novela Auto de fe del autor búlgaro-austriaco-inglés, Elías Canetti, escrita en 1935, prohibida por los nazis y desconocida hasta los años 60 del siglo .

Los autos de fe de 1559 celebrados en Valladolid y en Sevilla para eliminar los focos protestantes que habían surgido en esas dos ciudades sirvieron de modelo para los posteriores, y así lo estipularon las Instrucciones dictadas en 1561 por el inquisidor general Fernando de Valdés.

La asistencia de las autoridades y de los funcionarios en el auto de fe se hará obligatoria a partir de 1598 bajo pena de excomunión. La Inquisición concede la presidencia del acto a un miembro de la alta nobleza y cuando se celebra en la Corte intentará que asista el rey. Fue lo que sucedió con los dos autos de fe celebrados en Valladolid en 1559 en los que fueron condenados los protestantes de la ciudad. Al primero asistió la regente Juana de Austria y al segundo el rey Felipe II, que acababa de volver de los Países Bajos. Al año siguiente el tribunal de Toledo organizó un auto de fe con ocasión del matrimonio de Felipe II con Isabel de Valois, y en 1564 se organizó otro en Barcelona con motivo de la visita del rey para celebrar las Cortes de Cataluña. Felipe II presidió otros autos de fe —en Lisboa en 1582 y en Toledo en 1591— ya que, según Joseph Pérez, «al parecer, le gustaban mucho estas ceremonias, y no por sadismo, como se ha dicho muchas veces —recordemos que los condenados a muerte son ejecutados después del auto de fe, y que las autoridades no asisten a la ejecución—, sino por pompa: procesión, misa, sermón...».

thumb|400px|Auto de Fe en 1651. Museo del Greco, Toledo.

Felipe III también presidió algún auto de fe, como el que se celebró el 6 de marzo de 1600 en Toledo, y Felipe IV pidió que se realizara uno en la corte en 1632 para celebrar la curación de su esposa, Isabel de Borbón. Con el pretexto de la boda del rey Carlos II y María Luisa de Orleans, se celebró en Madrid en 1680 uno de los autos de fe más célebres debido al cuadro de Francisco Rizi y a la «Relación» del mismo escrita por José del Olmo, quien como familiar del Santo Oficio había sido uno de los organizadores de la ceremonia y de los diseñadores del estrado donde se sentaron las autoridades. El rey escogió la fecha, el 30 de junio, fiesta de San Pablo, «para destacar el gran triunfo de la fe católica y la derrota de la obstinación judía». En el siglo los autos de fe son cada vez más escasos y discretos, y el último al que asistió el rey se celebró en 1720, bajo Felipe V.